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El mes pasado me invitaron a pasar un fin de semana en el norte.
Hacía frío, así que saqué mi maleta de cabina y empecé a meter cosas. Un par de jerséis gordos, unos pantalones, camisetas, zapatillas, el neceser... Fui metiendo la ropa con la misma planificación que un niño pequeño guardando sus juguetes: a presión y que sea lo que Dios quiera.
Llegó el momento de cerrar.
Tiré de las dos mitades de la maleta. Quedaban como diez centímetros de separación. La cremallera ni se asomaba.
Aplasté la ropa con las manos. Nada.
Así que hice lo que haría cualquier ser humano acorralado: puse la maleta en el suelo y me senté encima.
Pegué un par de botes con el culo para hacer fuerza. Empecé a tirar de la cremallera mientras sudaba. Los dientes del cierre chirriaban. Estaba forzando tanto la tela que parecía a punto de reventar y soltar calzoncillos como si fuera metralla.
Justo cuando estaba a punto de romper la cremallera por la mitad, mi cerebro hizo clic.
Me levanté, abrí la maleta de par en par y me puse a mirar qué coño pasaba.
Y ahí estaba.
En la bisagra inferior, justo donde las dos mitades se unen para plegarse, se había quedado atravesado el neceser, duro como una piedra. Daba igual los saltos que yo diera encima de la maleta. Daba igual la fuerza que aplicara. Mientras esa zona no pudiera doblarse libremente, la maleta no se iba a cerrar en la vida.
Moví el neceser a la parte de arriba, donde no molestaba.
Doblé la maleta. Cerró suave, casi sin tocarla. Deslicé la cremallera con dos dedos. Cero esfuerzo. Cero drama.
Y mientras subía la cremallera, me di cuenta de que mi pelea estúpida con la maleta es exactamente igual a la pelea de muchísima gente con la sentadilla profunda.
La gente quiere bajar el culo hasta el suelo. Pero a mitad de camino, su cuerpo dice «hasta aquí».
¿Y qué hacen? Pues lo mismo que hice yo al principio. Ponerse kilos y kilos en la espalda para forzar la bajada (sentarse en la maleta). Bajan a base de meterle presión a las articulaciones, con las rodillas gritando, los talones levantados y la espalda redondeada a punto de reventar.
Fuerzan la máquina porque no se dan cuenta de que hay un "neceser" atravesado en alguna de sus bisagras.
Una sentadilla profunda es, básicamente, plegar tu cuerpo al máximo. Si tu tobillo no tiene dorsiflexión, te atascas. Si tu rodilla no dobla del todo, te atascas. Si tu abdomen no puede pegarse a tu muslo, te atascas.
Da igual los kilos que te pongas en la espalda para forzar la bajada. Si no quitas el puto neceser de la bisagra, vas a acabar rompiendo la cremallera.
Para solucionar esto, los Pablos han creado el Protocolo Squat.
Y es una maravilla porque no te dice simplemente «baja más». Te da una batería de tests para que averigües qué es exactamente lo que está atascando tu maleta. ¿Es el tobillo? ¿Es la rodilla? ¿Es la compresión abdominal?
Una vez que identificas a tu culpable, el programa te da el trabajo específico de movilidad para quitarlo de en medio. Para que tu cuerpo se pliegue con la misma suavidad que una maleta bien hecha, y luego ya, si quieres, le metas los kilos que te dé la gana con seguridad.
Si estás forzando la cremallera cada vez que haces piernas y quieres aprender a plegarte como Dios manda, este es tu sitio:
[Quiero el Protocolo Squat y descubrir qué me bloquea]
Felipe.
P.D.: Yo al final cerré la maleta y no rompí nada. A ver si consigo hacer lo mismo con mi cadera. |