El martes quedé a tomar un café con mi colega Salva.

Salva se ha propuesto ser lo que los modernos de internet llaman un «atleta híbrido». O sea, quiere reventar sus marcas en sentadilla los lunes y correr medias maratones los domingos.

Apareció en la cafetería arrastrando los pies como si le pesaran cien kilos cada uno. Al sentarse, soltó un gemido que sonó a bisagra sin engrasar.

—Estás para el desguace, Salva —le dije—. ¿Qué te pasa?

—Estoy frito, Felipe. Correr y hacer pesas a la vez me está matando. En el gimnasio no levanto ni los discos de calentamiento y, cuando salgo a correr, siento que llevo botas de plomo. Es la maldita interferencia entre el cardio y la fuerza. Mi cuerpo no da para más.

Le miré de arriba abajo. Estaba consumido.

—A ver, Salva, cuéntame qué estás comiendo para recuperar todo ese tute.

—Lo de siempre —me dijo con orgullo de corredor veterano—. Un buen plato de macarrones antes de correr, mucho arroz, y geles de glucosa en las tiradas largas. Pura energía.

—Ya. ¿Y de proteína? ¿Te echas un batido después de machacarte el chasis contra el asfalto o después del gimnasio?

Salva se echó hacia atrás y me miró como si acabase de poner un kilo de heroína encima de la mesa.

—¿Un batido de protes? Quita, quita. Eso es para los ciclados de tu gimnasio. Yo soy runner, si tomo de eso me pongo muy pesado, gano masa muscular y pierdo velocidad. Además, los batidos son artificiales.

Me llevé las dos manos a la cara.

El mundo del running es fascinante. Se pasan horas golpeando sus articulaciones contra el suelo, absorbiendo impactos que literalmente destrozan sus fibras musculares, y pretenden reparar todo ese daño estructural con un plato de espaguetis.

En el gimnasio, el hábito de tomar proteína para recuperar el tejido está más que asimilado. Pero, por algún motivo esotérico, los corredores huyen de ella como si les fuera a convertir en Arnold Schwarzenegger de la noche a la mañana.

—Salva —le intenté explicar con paciencia—. La proteína no es un esteroide. Es comida. Si juntas asfalto y pesas y no le das a tu cuerpo los ladrillos necesarios para reconstruirse, no tienes un problema de «interferencia». Tienes un problema de desnutrición.

Como sabía que a mí no me iba a hacer caso (porque yo corro solo si me persigue un león), hice lo más inteligente: sacarle el vídeo que acaba de subir Pau a YouTube.

Porque Pau ha venido a poner un poco de cordura en este tema.

En el vídeo de hoy, habla exactamente de esa «interferencia» que sufre Salva al mezclar gimnasio y carrera. Y explica cómo algo tan absurdamente sencillo como comer mejor (más calorías y, sobre todo, más proteína) puede reducir ese desgaste casi por completo.

Habla de por qué el mundo del running, siendo un deporte de muchísimo impacto, sigue teniendo fobia a los suplementos de proteína, y cómo cambiar este chip mejora la recuperación, dispara el rendimiento y, lo más importante, evita que te rompas.

Si tú también eres de los que mezcla asfalto con hierros, o si le tienes un miedo irracional a meterle proteína a tu cuerpo porque crees que te vas a poner como un cruasán, tienes que ver esto. Te va a ahorrar muchos dolores y muchas pájaras.

[Aquí tienes la dosis de sentido común para corredores]

A Salva le invité a pincho de tortilla. Lleva huevo, que es proteína. A ver si así resucita.

Felipe.

P.D.: Salva dice que desde que vio el vídeo de Pau se está planteando comprarse un bote de proteína. De momento ha empezado por ponerle atún a los macarrones. Roma no se construyó en un día.

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