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Hay una diferencia importante entre llevar sombrilla a la playa y saber poner una sombrilla.
Yo desconocía esa diferencia hasta ayer por la mañana, que es una forma bastante elegante de decir que hice el ridículo durante veinte minutos delante de gente que solo quería leer su novela y que ahora sabe perfectamente quién soy.
Llegué pronto. Mar en calma, sitio razonable, arena lisa. Todo invitaba a pensar que el día estaba bajo mi mando. Planté la sombrilla, abrí el mecanismo y la miré desde abajo con la satisfacción de un hombre que ha resuelto un problema doméstico sin llamar a nadie.
Duró ocho segundos.
Entró una racha de viento desde el lateral y la tela hizo ese golpe seco que precede a las malas decisiones. La sombrilla se inclinó. Yo agarré el palo. La sombrilla tiró hacia el mar. Yo tiré hacia tierra. Ahí estuvimos los dos, en un empate absurdo, como si el Mediterráneo hubiera delegado en ella una misión personal contra mí.
Mi primer impulso fue ganar.
Hundí más el palo.
Ajusté la inclinación.
Apreté una palomilla hasta que se me marcaron los nudillos.
Puse la mochila en la base, luego la saqué porque parecía que iba a acabar llena de arena y me pareció un sacrificio excesivo.
Moví el invento dos metros a la izquierda.
El viento cambió.
Lo moví otros dos a la derecha.
El viento también.
Cada ajuste duraba poco y me convencía de que el siguiente era el bueno. Ya no estaba montando una sombrilla. Estaba redactando un plan maestro para que una ráfaga de aire respetase mi autoridad.
En un momento dado se acercó Pai-do Mei.
No sé de dónde salió. Igual llevaba toda la mañana paseando por la orilla con sus pantalones de lino, observando nuestras pequeñas miserias desde una dimensión superior. Se quedó a dos pasos, miró el palo medio torcido y habló despacio:
"Felipe, la estructura que busca imponerse al entorno termina rompiendo el diálogo que la mantiene en pie. La tensegridad conserva suficientes relaciones vivas para negociar con la fuerza que llega."
Yo seguía agarrando la sombrilla con una mano y con la otra intentaba sacar arena de la rosca.
Le miré.
"Pai-do, ¿me estás diciendo que deje de pelearme con el puto viento?"
Asintió como si acabara de entender por fin la física.
La perla tenía sentido, ojo. Solo venía vestida de ceremonia. La traducción útil cabía en una frase: si el viento cambia, necesitas opciones, no una postura fija defendida hasta la muerte.
Así que dejé de clavar la sombrilla como si estuviera instalando una antena en Marte. La bajé un poco. Cambié su orientación. Busqué una zona donde una pared baja cortaba parte del aire. Cuando volvió a soplar, la tela se movió, claro. El planeta no firmó ningún contrato conmigo. Pero dejó de intentar salir volando cada treinta segundos.
Luego me senté debajo, todavía con bastante arena en los dedos y bastante menos ganas de controlar la playa entera.
Me acordé del cuerpo, porque para eso están los Pablos: para convertir cualquier cosa, incluso un accesorio cutre de playa, en una excusa para hacerte pensar que tienes pocas opciones de movimiento.
Muchos entrenamos así. Queremos que todo llegue perfecto antes de hacer una cosa que nos cuesta. El suelo estable. La hora ideal. Cero ruido. La energía del martes bueno. Una articulación que no proteste, una sesión sin interrupciones y una progresión que nunca se tuerza.
Qué maravilla. También es una fantasía.
La vida aparece con otra pinta. Duermes raro, cargas una bolsa, te pilla un día con menos tiempo, encuentras un escalón incómodo, un suelo que no conoces o una posición que te saca de tu recorrido habitual. Si tu única solución depende de que las condiciones sean impecables, cualquier cambio te deja bloqueado o te empuja a hacer una burrada por orgullo.
Tener recursos cambia la conversación. Recursos son una forma de ajustar la tarea, una posición de la que sabes entrar y salir, fuerza para sostenerte, movilidad que has practicado y criterio para distinguir entre insistir un rato o bajar el volumen. También cuenta poder elegir otra versión de lo que ibas a hacer sin vivirlo como una derrota.
Eso se entrena.
Practicar distintas formas de sentarte, levantarte, apoyarte, alcanzar o moverte te da margen cuando el día viene atravesado. A veces usarás ese margen para jugar. Otras, para resolver algo sin montar un drama. Bastante tiene uno con no perder las llaves.
Pai-do Mei lo llamaría "cultivar una red de posibilidades somáticas capaz de dialogar con la incertidumbre". Yo lo llamo llegar a la playa con más recursos que una sombrilla y una palomilla floja.
Si te interesa esa parte, SKOOL es la comunidad gratuita de Enso Movers.
Es un sitio en español para explorar movimiento, movilidad, fuerza y acrobacias con más curiosidad y algo menos de teatro.
Puedes entrar, cotillear y ver si te encaja. Yo seguiré ahí, aprendiendo a no discutir con objetos que pesan menos que una sandía.
[Vente al lado oscuro. Tenemos palomitas]
Felipe
P.D.: Pai-do Mei se fue caminando por la orilla sin que el viento le moviera un pelo. Sospecho que llevaba laca. O que su relación con la incertidumbre tiene patrocinador. |