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Hay un señor en la piscina municipal que ha visto demasiado.
Lo sé porque lleva todo el verano en la silla del socorrista, con esa cara de persona que podría escribir una enciclopedia titulada Cosas que hacen los humanos cuando creen que nadie mira.
Pita cuando toca. Mira a quien corre. Señala un flotador abandonado con la precisión de un controlador aéreo. Y, sobre todo, observa la zona donde los niños hacen de niños y los adultos hacemos de adultos.
Los niños llegan al borde con el bañador medio torcido, una gafa perdida y una energía que parece robada de una central eléctrica.
Se asoman.
Calculan exactamente cero cosas y se tiran.
De bomba.
De lado.
Con una especie de voltereta que empieza como una idea y termina como un incidente administrativo.
Salen a la superficie riéndose, escupen agua y vuelven al borde para repetirlo.
No estoy diciendo que haya que copiarles. El socorrista ya tiene suficiente trabajo sin que te dé por recuperar tu infancia desde el trampolín.
Pero hay algo que me hace gracia: a los ocho años, ponerse boca abajo durante un segundo y perder de vista el cielo parece parte del juego. A los cuarenta, se convierte en una operación de riesgo con comité de expertos.
A mi lado había tres adultos entrando al agua por la escalera. Cada uno a su ritmo, claro, que bastante tiene uno con sobrevivir al metal mojado y a la mirada de los demás. Pero aquello parecía una coreografía de precaución extrema.
Uno bajaba un pie y se quedaba quieto, como si el agua tuviera que presentarse primero. Otro agarraba los dos pasamanos con una concentración de cirujano. El tercero ya estaba dentro, pero no soltaba la escalera.
No me río de ellos. Bueno, un poco sí, porque yo habría hecho exactamente lo mismo si el socorrista no estuviera mirando.
Y ahí estaba el asunto. No era solo el agua. Era no saber dónde estaba cada cosa durante un momento. Mirar hacia abajo y sentir que el suelo ha desaparecido. Girar un poco y que el cuerpo diga: "Perdona, Felipe, ¿por qué estamos viendo el mundo al revés? Yo no firmé esto".
Nos gusta pensar que el miedo a ir boca abajo es una cosa de cobardes o de gente que "no se atreve". Qué palabra más cómoda.
Como si el cuerpo tuviera que aceptar encantado que le cambies de golpe las referencias: pies arriba, cabeza abajo, suelo en otro sitio, equilibrio con reglas nuevas. Y si no le gusta, le llamamos flojo. Menuda mierda de método.
Luego llegan los vídeos. Un tipo hace el pino en mitad de una plaza, otro se deja caer hacia atrás con una tranquilidad que parece venir de tener tres vidas, y tú decides que lo que te falta es valor. Así que pruebas la versión más grande de algo que todavía no entiendes.
El resultado suele ser poco elegante.
Por suerte, aprender a invertirse no tiene por qué empezar ahí. Ni con un pino completo, ni con una caída espectacular, ni con esa intención absurda de demostrarle nada al socorrista, a tus hijos o al grupo de WhatsApp.
Puedes empezar por tolerar una posición nueva durante un rato corto. Por cambiar el ángulo sin que el cerebro active la alarma del banco. Por aprender a volver al suelo con calma. Por repetir una entrada y una salida que entiendas, en lugar de lanzar el cuerpo y esperar que la biología se haga cargo del resto.
La parte buena de hacerlo poco a poco es que deja de ser una prueba de coraje. Se convierte en una habilidad. Vas conociendo qué pasa cuando desplazas el peso, cuándo pierdes la referencia y cómo recuperar una posición sin convertir el salón en un parque acuático de urgencias.
Eso me parece bastante más útil que forzar una escena heroica.
Volví a mirar al socorrista. En ese momento un chaval hizo una bomba tan aparatosa que salpicó a medio borde. El socorrista pitó. El chaval se disculpó entre risas. A dos metros, un adulto seguía aferrado a la escalera como si estuviera bajando a una mina.
Los críos llevan años explorando posiciones raras sin llamarlas "inversiones" ni hacer un Excel sobre el asunto. Los adultos hemos acumulado prudencia, vergüenza y la costumbre de movernos siempre igual. Si quieres recuperar ese terreno, conviene hacerlo con algo más de orden que un "venga, a ver qué pasa".
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[Quiero ser como los niños en la piscina]
Yo voy a seguir entrando por la escalera. Con la dignidad que me quede. Pero igual dejo de mirar boca abajo como si hubiera una cláusula escondida en el contrato de la piscina.
Felipe
P.D.: Si el socorrista te mira raro, no significa que estés haciendo una inversión. Puede significar que has decidido probarla donde no toca. No le des más trabajo al hombre. |