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Hay derrotas que uno asume con cierta dignidad.
Que te gane tu sobrino al parchís porque el cabrón hace trampas. Que se te caiga un helado por el lado bueno. Que el camarero te mire con pena cuando pides una caña a las doce de la mañana.
Y luego está perder una guerra contra una tumbona.
Llevo varios días con una rutina de verano de una eficacia militar: desayuno largo, coche, playa, tumbona, comida larga, siesta que se alarga porque el sofá tiene poderes, cena. Al día siguiente, otra vuelta.
He vivido como un señor de anuncio de jubilación anticipada, salvo por el detalle de que cada vez que me levantaba parecía que alguien hubiera cambiado mis piernas por dos vigas de obra.
El primer día me dio risa.
El segundo empecé a negociar conmigo mismo para recoger las chanclas del suelo. No por pereza, que también. Por la maniobra. Había que calcular la distancia, flexionar con cuidado y mantener una mano cerca de la mesa por si el asunto se torcía. Una operación de rescate para coger unas putas chanclas.
Al tercero llegó la tragedia en el coche.
Paré en una gasolinera, abrí la puerta y quise bajar con esa soltura de persona adulta que tiene carné de conducir y paga recibos. Saqué una pierna. Luego la otra. Me quedé medio doblado mirando el asfalto, con los isquios duros como si hubieran contratado a una empresa de encofrados durante la noche.
Detrás de mí salió un señor con camisa de flores, se estiró dos segundos y se fue a pagar. Ni ceremonia, ni gemidos, ni cara de estar atravesando la sierra de Guadarrama con una mula. Ese hombre bajó del coche y siguió con su vida.
Yo cerré la puerta despacio para que no se notara la derrota.
En la comida solté la frase que suelta todo el mundo cuando lleva demasiadas horas sentado:
"Mañana me meto una sesión seria y arreglo esto".
Mi cuñado, que no sé por qué aparece siempre que estoy a punto de hacer una tontería, levantó la vista del plato.
"¿Sesión seria de qué?"
"De las de verdad. De sudar. De acabar reventado. Hay que compensar estos días."
Él siguió comiendo. La familia es cruel cuando te conoce de sobra.
"Claro, Felipe. Primero te conviertes en una silla de plástico. Luego intentas recuperar tres días de estar tumbado haciendo una heroicidad. El jueves te quejas de agujetas y vuelves a la tumbona. Un plan de gestión impecable."
Me jodió porque el tío tenía razón.
Hay una parte de nosotros que solo reconoce el entrenamiento si acaba con épica, ropa empapada y esa forma absurda de caminar que te obliga a agarrarte al pasamanos. Si has pasado el día sentado, crees que debes pagar una multa física. Si has comido bien, añades intereses. Si llevas una semana sin moverte, convocas un juicio sumarísimo contra tus piernas.
Y así se te va el verano: varios días de abandono, una sesión que te deja para el arrastre y otros varios días evitando cualquier escalera como si tuviera una alarma que salta al verte.
No necesitas ese teatro.
Después de estar entre tumbona, coche y sobremesa, tu cuerpo agradece una tarea concreta. Algo que puedas repetir sin organizar los Juegos del Hambre en el salón.
Un rato que te devuelva atención a la flexión de cadera, a la pelvis y a las piernas, en vez de pedirle a los isquios que paguen de golpe todas tus decisiones gastronómicas y horizontales.
Retomar una práctica te deja volver pasado mañana. Castigarte solo te permite decir que has hecho mucho antes de regresar a la tumbona. Y
pasado mañana importa más de lo que parece cuando estás de vacaciones, porque las vacaciones tienen una habilidad especial para comerse los planes que eran perfectos el domingo por la noche.
Por eso he dejado de fantasear con una sesión penitencia tras tres días sentado. Prefiero hacer algo pequeño, concreto y repetible. Luego sigo con mi vida. Si al día siguiente toca playa, toca playa. No voy a presentarme en la orilla con un cronómetro, una libreta y cara de opositor.
Si los isquios son tu punto débil no esperes a acabar las vacaciones
[Isquios de goma]
Yo voy a levantarme de esta tumbona sin pedir asistencia técnica. Tú haz lo que quieras, pero procura no convertir el agacharte a por las chanclas en una negociación diplomática.
Felipe
P.D.: La tumbona seguirá ahí mañana. No hace falta ganarle una paliza. Con que no te obligue a planificar una ruta alternativa para entrar en el coche, vamos bien.
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