Hay cosas que, desde la toalla, parecen una idea cojonuda.

Nadar hasta la boya.

Pedir otra caña cuando todavía no has terminado la primera.

Y hacer el pino al borde del agua, con el sol bajando, la piel llena de sal y el móvil preparado para grabar una pieza de contenido que deje a tus colegas pensando que te has convertido en un ser humano funcional.

La tercera es una trampa.

La playa te pone una música de fondo, una luz que afina hasta las rodillas y un horizonte tan bonito que se te olvida un detalle importante: estás intentando sostener todo tu peso boca abajo sobre una cosa que se mueve cuando respiras fuerte.

La arena.

Yo había elegido mi sitio con la precisión de un ingeniero de obra pública. Cerca de la orilla, para que saliera el mar. Lejos de la orilla, para que no saliera una ola a lavarme los calzoncillos. A la derecha tenía la sombrilla de una familia. A la izquierda, una pareja que hablaba tan alto que ya conocía el historial académico de su hijo.

Planté las manos. Hundí los dedos un poco. Noté que el terreno cedía. Mi cerebro, que cuando se emociona no ha aprobado ni primero de sentido común, decidió que eso daba igual.

Subí la primera pierna.

La arena se escurrió bajo una palma. El hombro izquierdo intentó corregir. El derecho se enteró tarde. Las piernas pasaron por donde les dio la gana y durante medio segundo tuve la silueta perfecta de una gaviota atropellada.

Luego caí de lado.

No con elegancia. Con ese golpe sordo y seco de persona adulta que ha querido hacer una tontería delante de desconocidos y ahora finge que estaba comprobando la temperatura del suelo con la cadera.

La pareja dejó de hablar. El niño de la sombrilla, que hasta entonces estaba excavando un túnel hacia Australia, levantó la cabeza y me miró con una mezcla de alarma y respeto. O eso quiero creer. Su padre preguntó si estaba bien. Respondí que sí, claro, como responde todo hombre que acaba de hacer el ridículo: sin abrir mucho la boca y mirando a ningún sitio.

El móvil había aterrizado boca abajo a medio metro de mí.

Cuando lo recogí, tenía arena en la funda, arena en la pantalla y arena en ese pequeño hueco junto al botón donde la arena entra para quedarse a vivir con contrato indefinido. La grabación duraba siete segundos. Los tres primeros eran mis pies entrando en plano. Los cuatro restantes parecían un documental sobre una avalancha.

Podría haberme levantado y repetirlo quince veces, que es lo que hace cualquier persona con una necesidad enfermiza de ganar una batalla absurda. Podría haber acabado con las muñecas rebozadas y media playa esperando el siguiente capítulo del desastre.

Pero me dio por pensar.

Hacer un pino fuera, en un sitio raro, puede estar bien. Tiene su gracia comprobar cómo te sientes en otro contexto. Jugar un rato. Notar que puedes subir, bajar y salir de la posición sin necesitar el suelo de siempre. Incluso reírte cuando la arena te recuerda que no controlas el planeta.

Lo que no tiene mucho sentido es convertir ese caos en tu manera principal de aprender.

Porque el pino ya tiene suficientes piezas para ir improvisando una más. Necesitas saber si el problema está en la movilidad, en la fuerza, en la línea, en el miedo a pasarte o en el equilibrio. Si cada intento ocurre sobre arena que cede, con gente mirando, el móvil grabando y una sombrilla amenazando con despegar, no estás practicando una pieza concreta. Estás participando en una feria.

Y las ferias son estupendas para comer algo que no deberías y volver a casa con un peluche gigante. Para construir una habilidad, te dejan poca información útil.

A mí me gusta que el pino tenga algo de juego. Que no parezca una oposición para entrar en el circo. Pero el juego mejora cuando ya tienes recursos: puedes colocar las manos en un suelo estable, usar una pared, trabajar una salida y repetir una tarea sin que cada intento dependa de una lotería distinta.

Por eso tiene sentido separar lo que falta antes de ponerte a acumular vuelos de la muerte.

Si la movilidad o la línea no están listas, trabajas eso. Si te falta confianza al estar invertido, practicas la exposición y las salidas. Si ya tienes los básicos, entonces el equilibrio deja de ser una discusión con tu sistema nervioso y pasa a ser una práctica más limpia. Menos épica. Mucho más aprovechable.

Los Pablos tienen para esto De cero a handstand, en la galería de SKOOL.

Es una guía digital de más de 40 páginas con tests iniciales y 24 vídeos de demostración. No te ponen una coreografía para seguir con cara de iluminado. El material separa movilidad, fuerza y línea, gestión del miedo y equilibrio, con etapas para que no te pongas a pedirle a la vertical lo que todavía no has preparado.

También trabaja progresiones de pared, entradas y salidas. Para quien empieza desde cero, tener una ruta para saber qué probar antes de repetir el mismo intento veinte veces parece bastante más razonable que acabar con las muñecas rebozadas mientras media playa espera el siguiente episodio.

Necesitas espacio, una pared y suelo estable para practicar. La playa puede esperar a que te apetezca hacer la comprobación o pegarte una risa. No se va a enfadar.

Si quieres ver De cero a handstand, aquí está

[Unirme a la Comisión de personas con forma de gaviota atropellada]

Yo he sacudido el móvil, he vaciado los bolsillos y he decidido que la próxima práctica seria será lejos de las chanclas. La arena seguirá ahí para las ocasiones en las que uno quiera hacer el idiota con vistas al mar.

Felipe

P.D.: Si te grabas haciendo el pino en la playa, activa la cámara lenta. No mejora la técnica, pero hace que la caída parezca una decisión artística.

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