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Hay momentos en la vida en los que un hombre descubre cuál es su sitio en la jerarquía natural.
Ayer el mío estaba entre una sombrilla torcida y un niño de siete años comiéndose un Calippo.
La escena parecía sencilla. Piscina de apartamento. Escalera de acero. Cuatro peldaños. Agua limpia. Sol de tarde. Mi sobrino y sus colegas llevaban media hora entrando y saliendo como nutrias con saldo infinito de energía.
Yo estaba fuera, con el bañador puesto y una cerveza sin abrir sobre la mesa. Me dije que bajaría al agua con cierta clase.
No pido mucho. Un pie en el primer escalón. Mano firme en la barandilla. Segundo pie. Medio giro. Chapuzón discreto. El tipo de entrada que hace alguien que todavía tiene control sobre sus articulaciones y no necesita que le monten una grúa para acceder a una masa de agua de un metro veinte.
Pues no.
Pongo un pie en el escalón. El metal estaba resbaladizo. Aprieto la barandilla. Bajo el otro. En ese momento, por una combinación de falta de rango, exceso de prudencia y un orgullo que ya no cabía en el recinto, decidí que la cadera tenía que doblarse un poco más.
La cadera votó en contra.
El hombro izquierdo tiró de mí hacia arriba. La rodilla derecha quiso irse de excursión. El pie que estaba dentro del agua perdió cualquier interés por colaborar. Me quedé en una posición absurda: medio hombre dentro, medio hombre fuera, agarrado a la escalera con las dos manos y la cara de quien está intentando desactivar una bomba con los pies.
Desde el borde, mi sobrino preguntó:
«¿Tito, te has quedado pillado?»
No respondí. Estaba ocupado aparentando que aquello formaba parte del plan.
«Estoy comprobando la instalación», le dije.
El niño me miró, se tiró de bomba y me dejó allí, colgado como una bolsa de basura que se ha enganchado en una rama.
Al final entré. No fue elegante. Ni silencioso. Hubo un coletazo de pierna, un tirón raro de la toalla y un sonido que hizo girarse a una señora que estaba leyendo una novela de crímenes. Creo que pensó que acababa de caer un electrodoméstico al agua.
La salida fue peor.
Porque una vez dentro empiezas a fantasear. El agua te quita peso, te refresca las ideas y te devuelve una confianza completamente falsa. Te ves nadando dos largos, haciendo el muerto, incluso consideras una voltereta. Luego llega la hora de salir y la piscina te devuelve a tu tamaño real.
Apoyé las manos en el borde, quise subir una rodilla y comprobé que mi estrategia dependía de una fuerza que no tenía y de un rango que tampoco estaba apareciendo esa tarde. El cuerpo hizo lo que pudo. La parte de arriba subió. La parte de abajo se quedó negociando con el agua.
Parecía una grúa averiada intentando levantar una lavadora.
Un chaval me ofreció una tabla de corcho para ayudar. No sé si quería ser amable o si pensaba que iba a hundirme.
La acepté porque la dignidad ya estaba en el fondo de la piscina, junto a una pinza de pelo y una hoja de platanero.
Luego me senté en la tumbona, con la cerveza ya caliente, y me dio por pensar en la cantidad de veces que he mirado una foto de un pancake. Ya sabes cuál: piernas abiertas, pecho cerca del suelo, cara de persona que tiene las caderas ordenadas por código postal.
La foto mola. Claro que mola. Ves a alguien con ese rango y piensas: «Hostia, yo quiero eso». Y no te culpo. Yo también quiero bajar sin que los aductores monten una reunión de vecinos.
Pero ayer la cosa dejó de ir de una foto.
Quería entrar en una piscina sin montar un capítulo de Bricomanía. Quería salir sin pedir asistencia técnica. Quería poder jugar un rato con los niños, bajar al agua desde un borde raro, sentarme en el suelo a secarme y levantarme sin calcular la trayectoria con un ingeniero civil.
Ahí es donde la movilidad empieza a tener gracia.
Te da más maneras de participar en las cosas. Puedes elegir sentarte bajo, levantarte desde el suelo, moverte por un espacio incómodo o probar un gesto nuevo sin que el plan dependa de que todo esté a la altura exacta de tu rodilla. También puedes echarte a jugar sin pasar antes por la ventanilla de autorizaciones del cuerpo.
No hace falta convertir cada plan familiar en una prueba de movimiento. Ni ir por la vida buscando bordillos para demostrar que tienes buena flexión de cadera. Pero viene bien que tus opciones no se reduzcan a mirar, hacer fotos y decir «yo antes hacía eso» mientras buscas una silla con reposabrazos.
Los Pablos llevan tiempo dándome la turra con este asunto. Su lenguaje es más fino, claro. Hablan de movilidad de cadera, aductores, control de pelvis y rango activo. Yo lo traduzco así: que cuando llegue otra escalera de piscina, quiero que la escena dure cinco segundos y no parezca el rescate de un animal marino.
Por eso me acordé del Protocolo pancake.
El curso organiza el trabajo en tres niveles, con explicación y follow-along para cada uno. También incluye vídeos introductorios sobre pancake, movilidad y biomecánica de cadera, además de criterios claros para avanzar. La idea es que no te dediques a empujar el pecho hacia delante con fe de peregrino y luego te preguntes por qué sigues en el mismo sitio.
Hay sesiones de unos treinta minutos y la pauta propone empezar con dos o tres por semana, dejando al menos dos días entre ellas. Te toca poner el suelo, algo de carga ajustable y cierta paciencia. Nadie ha encontrado todavía una app que estire los aductores mientras tú pides otra ronda de croquetas.
Si te apetece entrenar el pancake con una ruta y ganar opciones para las cosas menos glamurosas de la vida, busca el Protocolo pancake en la galería:
[APÚNTAME AHORA]
Yo volveré a la piscina. La escalera y yo tenemos asuntos pendientes. Esta vez, al menos, no avisaré a nadie antes.
Felipe
P.D.: Si sales de la piscina con un salto de trucha y nadie te mira, cuenta como técnica avanzada. Yo no voy a discutirlo. |