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A 38 grados, entrenar no es deporte.
Es una negociación sindical.
Ayer me puse las zapatillas a las seis y pico de la tarde, cuando el sol ya iba bajando y yo, inocente de mí, pensé: "Bueno, ahora se podrá vivir".
Error.
Salí al parque y el suelo seguía guardando calor como una sartén con rencor. Hice dos minutos de calentamiento. Dos. Al tercero, los gemelos presentaron una reclamación formal.
"Felipe, aquí representación de la pantorrilla. Exigimos sombra, agua y que se retire de inmediato esa idea ridícula de hacer saltitos."
Intenté seguir. Levanté los brazos para colgarme de una barra y los hombros, que suelen ir de dignos, hicieron una cosa feísima. Se quedaron blandos, como dos croquetas olvidadas en la nevera.
"Desde el comité de hombros queremos dejar claro que trabajar por encima de la cabeza en estas condiciones incumple el convenio."
La cadera fue más directa.
"Mira, campeón. Hoy te sientas en una silla baja, te levantas unas cuantas veces y damos el día por bueno. Si quieres hacer sentadillas profundas bajo este sol, llama a Andrea, que esa mujer negocia con las barras de hierro, no con el clima."
Los isquios, que llevan años intentando meterme miedo cada vez que los saludo, apoyaron la moción. Los antebrazos se declararon indisponibles. Hasta el dedo gordo del pie parecía tener un abogado.
Yo quería hacer mi sesión normal. Claro. Porque llevo unos días entrenando con cierta continuidad y mi cerebro ya había montado la película de siempre: si hoy aflojo, mañana seré un señor que se levanta del sofá haciendo ruidos de cafetera.
Pues no.
Lo que pasó fue menos dramático y bastante más útil. Me fui a una zona con sombra. Bajé el ritmo. Hice movilidad sin pretender ganar las olimpiadas del estiramiento. Caminé un rato. Probé un par de transiciones en el suelo. Paré cuando el cuerpo empezó a mandar correos con copia a recursos humanos.
Volví a casa sudado como un filete en un escaparate y con la sensación de no haber hecho la gran hazaña. También con la sensación de haber mantenido la cita.
Y eso, durante el verano, vale bastante.
Hay gente que trata el calor como un examen de carácter. Sale a la hora más bestia, se pone a hacer la misma sesión de enero y termina fundido, cabreado y convencido de que ha sido muy duro consigo mismo. Luego pasan cuatro días sin hacer nada porque la experiencia fue una mierda.
Menudo plan.
Con calor, cambiar la dosis es tener algo de cabeza. Puedes mover la sesión a una hora más respirable. Puedes recortar trabajo. Puedes meter pausas de verdad, no ese sorbito de agua mientras buscas la siguiente canción. Puedes cambiar una sesión larga por veinte minutos con intención.
También puedes aceptar que tu rendimiento no tiene por qué ir igual que cuando llevabas sudadera y te quejabas del frío. El cuerpo no te debe una actuación de gala cada martes de julio. Ni falta que hace.
A mí los Pablos me han metido bastante en la cabeza que entrenar no consiste en aprobar cada día un examen práctico. Consiste en volver. En seguir teniendo opciones. En no convertir cada sesión en una oposición a bombero forestal.
Así que ahora, cuando aprieta el calor, no me monto la película del héroe. Negocio.
Le doy a la cadera una tarea que le apetezca menos protestar. A los hombros les busco un rato fresco. A los isquios les concedo un descanso breve para que dejen de hacer teatro. Y si el día está para caminar y moverse un poco, pues se hace eso y a otra cosa.
La práctica sigue viva. Eso es lo que me importa.
Si a ti también te viene bien tener algo sencillo para esos días en los que el termómetro parece estar cocinando la ciudad, en la galería de la Classroom de SKOOL tienes el Protocolo gratuito de movilidad.
Son tres propuestas de calentamiento organizadas por nivel. Entras, buscas el protocolo en la galería y eliges la que te encaje ese día. Sin épica de mercadillo, sin jurar que vas a transformar tu vida antes de cenar.
Aquí está:
Ver el Protocolo gratuito de movilidad en la galería de SKOOL
Yo mañana volveré a negociar con mi cuerpo. Tiene pinta de que los gemelos pedirán teletrabajo.
Felipe
P.D.: Si entrenas a pleno sol porque te gusta, perfecto. Yo no voy a discutir con tus aficiones. Solo no me llames a las once de la noche para contarme que te has convertido en una gamba triste. |