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El miércoles pasado estuve a diez segundos exactos de abrir la ventana del salón y lanzar el móvil a la calle.
Estaba al límite. Llevaba una semana en la que se me había juntado todo: un pico de estrés absurdo en el curro, la renovación del alquiler tocando las narices, la lavadora haciendo ruidos satánicos y el WhatsApp vibrando cada dos minutos con mensajes que me importaban un carajo.
Mi cerebro estaba en modo ahorro de energía, al 1 %, y parpadeando en rojo.
Mi primer instinto, el que nos han vendido siempre, fue ir al gimnasio a machacarme. A levantar hierros pesados para «soltar adrenalina». Pero estaba tan frito mentalmente que solo de pensar en meterme debajo de una barra de sentadillas me daban ganas de llorar en posición fetal. Mi sistema nervioso no estaba para batir récords, estaba para pedir asilo político.
Así que hice algo raro.
Aparté la mesa del centro del salón. Me tiré a la alfombra. Y empecé a moverme sin pensar.
Nada de series, nada de cronómetro, nada de sufrir. Me puse a rotar la cadera, a estirar la espalda, a rodar por el suelo como si tuviera cinco años, a hacer transiciones lentas. Movimiento de baja dificultad, cero exigencia. Simplemente estaba intentando recordar que mi cuerpo seguía ahí y que no era solo un soporte con patas para transportar mi cabeza estresada.
Treinta minutos después, me levanté del suelo.
No había pagado el alquiler ni había arreglado la lavadora, pero el ruido mental se había apagado. Volvía a respirar normal. Me había reiniciado.
Y te cuento toda esta película porque ayer, mientras fregaba los platos, me puse el nuevo episodio del podcast de los Pablos y, de repente, todo tuvo sentido.
Se han traído a un invitado muy top: Martín Mada, de Mada Move. Para que te hagas una idea, este tío es un referente internacional de la cultura del movimiento. Un auténtico jedi que igual te hace una transición de yoga loquísima que te deja reflexionando sobre el sentido de tu existencia.
En la charla de hoy, los Pablos han aparcado un poco la biomecánica pura y dura y se han puesto más filosóficos.
Y han hablado exactamente de lo que me salvó la vida el miércoles. Han explicado cómo el movimiento no es solo para ponerte fuerte, sino que tiene implicaciones brutales a nivel de desarrollo cerebral.
Han dejado clarísima la diferencia entre entrenar la fuerza base (que es innegociable si no quieres ser de cristal) y la necesidad vital de tener una práctica de baja dificultad. Un rato para ti, para moverte suave, despejar la mente y reconectar los cables cuando la vida moderna te está pasando por encima.
Si tú también estás en una época en la que sientes que vas pasado de revoluciones, que el estrés te come y que no tienes ni cinco minutos de paz mental, hazte un favor y ponte este episodio. Te va a amueblar la cabeza.
[Aquí tienes la charla con el maestro]
Yo me voy a tirar al suelo del salón un rato, a ver si se me pasa el cabreo con el casero.
Felipe.
P.D.: Yo, después de la charla, me he apuntado a clases de yoga. O eso creo. El instructor habla como Pai-Do Mei y no entiendo nada. Pero por lo menos el olor a incienso me relaja. |