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Ayer quedé a tomar unas cañas con mi colega Raúl.
Eran las seis de la tarde. El sol caía a plomo y hacía un calor de esos que te derriten la suela de las zapatillas. Yo llevaba pantalón corto y sudaba como un pollo.
Raúl apareció en la terraza de la plaza llevando una camiseta de tirantes y... un gorro de lana negro, calado hasta las orejas.
—Raúl —le dije en cuanto se sentó—, ¿estás incubando un huevo en la cabeza o te has vuelto loco?
Se ajustó el gorro con nerviosismo, mirando hacia los lados.
—Es mi nuevo estilo, Felipe. Rollo urbano. No lo entenderías.
—Rollo urbano a treinta grados se llama insolación. Quítate eso, que me estás dando un agobio solo de verte...
Como se negaba en rotundo, hice lo que haría cualquier buen amigo: en un descuido, alargué el brazo y le arranqué el gorro de la cabeza.
El espectáculo era dantesco.
Raúl parecía haber sobrevivido a un ataque de un cortacésped. Tenía un trasquilón enorme en el lado derecho, un bulto de pelo sin sentido en la nuca y un parche casi al cero cerca de la oreja. Parecía un perro callejero con sarna.
No pude evitar soltar una carcajada que resonó en toda la terraza. Él se apresuró a volver a ponerse el gorro, rojo de vergüenza.
—¿Qué coño te ha pasado? —logré articular entre risas—. ¿Te has peleado con un mapache?
—Me compré una maquinilla por Amazon de veinte pavos —confesó, hundido—. Vi un reel de un barbero en Instagram que enseñaba a hacerse un degradado en tres minutos. Parecía facilísimo, Felipe. Solo era pasar la máquina del tres, luego la del dos y luego esfumar. Pero se me resbaló la mano en la nuca, intenté arreglarlo bajando al uno, luego hice un agujero en el lateral... y al final la he liado parda.
—Raúl, animal —le dije, limpiándome una lágrima—. Los barberos se tiran años cortando pelo para aprender a hacer un degradado. Tú has visto a un tío en internet mientras estabas cagando en el baño y te has creído Eduardo Manostijeras.
Y es que, joder, con el entrenamiento hacemos exactamente la misma chapuza.
Nos sobra soberbia y nos falta humildad. Nos creemos que por ver un vídeo de quince segundos de un influencer haciendo dominadas, ya sabemos programar.
Nos montamos nuestras propias rutinas a trozos. Un poco de pecho por aquí, una rutina de abdomen que vimos en TikTok por allá, y unos estiramientos que nos dijo el monitor del gimnasio en 2014.
Hacemos un «hágalo usted mismo» con nuestro cuerpo.
¿El resultado? Un trasquilón biomecánico. Hombros que pinchan, rodillas que crujen y un estancamiento brutal porque no hay ninguna lógica detrás de lo que hacemos. Acabamos con el cuerpo igual de descompensado que la cabeza de Raúl, teniendo que esconder nuestras carencias debajo de un «gorro de lana» (o de fajas, rodilleras y excusas).
Si ya te has cansado de hacerte la chapuza tú mismo y quieres que unos profesionales de verdad te arreglen el desastre, el taller de la secta está a punto de colgar el cartel de completo.
Los Pablos y su equipo están abriendo las plazas del "onlain coaxin" para el trimestre de julio-septiembre.
Pero aquí no te pasan la máquina al cero el primer día y a correr.
Para que sean 12 semanas de progreso real y el plan evolucione semana a semana según tu feedback, primero tienen que ver el estado de tu «cabeza».
Por eso, el trimestre empieza en julio, pero la Evaluación Inicial se hace AHORA, en las semanas de junio.
Tienen que analizar tus vídeos, medir tus rotaciones y ver dónde cojean tus bisagras para diseñarte un plan a medida. Si te esperas a julio, no habrá tiempo material para hacer la evaluación, te quedarás fuera del trimestre y te tocará seguir haciendo el ridículo con tus rutinas de internet.
Si quieres dejar de inventar y ponerte en manos de los que saben:
[Quiero entrar en el trimestre julio-septiembre y evaluarme en junio]
Yo me voy a acabar la cerveza. A Raúl le he dado el número de mi peluquero para que le rape la cabeza al cero y acabe con su sufrimiento.
Felipe.
P.D.: Raúl dice que al cero se le va a ver la cabeza con forma de pepino. Le he dicho que eso es problema de su genética, pero el trasquilón es culpa de su estupidez. Con el cuerpo pasa lo mismo: no eliges tu genética, pero sí eliges no destrozarte entrenando a lo loco. |