El martes por la tarde el termómetro marcaba treinta grados a la sombra. Un calor de justicia.

Fui al parque a colgarme un rato de las barras y me encontré a mi colega Santi.

Santi llevaba una sudadera gris de algodón gordo, la capucha puesta y estaba envuelto en papel film transparente por debajo de la ropa. Parecía un bocadillo humano a punto de entrar al microondas. Estaba tumbado en el suelo, haciendo encogimientos abdominales con la cara morada y la respiración de un bulldog asmático.

—Santi, animal —le dije, acercándome con una botella de agua—. ¿Estás intentando batir el récord Guinness de deshidratación?

Se quedó tirado en el suelo, jadeando, y me miró con los ojos inyectados en sangre.

—Operación bikini, Felipe. Me voy a Menorca en agosto y tengo que sacar la tableta. Si sudo más, quemo más grasa localizada. Es ciencia.

Me llevé la mano a la frente. La ciencia de Santi se basa en leer revistas de los años noventa en la peluquería.

—Santi, lo único que estás quemando es el sentido común —le contesté—. Sudar plástico no te va a dar abdominales. Te va a dar un golpe de calor.

Se levantó a duras penas, agarrándose la zona lumbar con una mueca de dolor. Obviamente, hacer quinientos abdominales seguidos le había dejado la espalda como un bloque de Lego.

—Es que tú no lo entiendes, Felipe —se quejó—. A ti se te marcan los músculos, tú estás fuerte. Yo necesito resultados rápidos para la playa.

Y ahí está el gran error. La maldita Operación Bikini.

Creemos que el cuerpo es un traje que se plancha en un mes a base de pasar hambre y hacer locuras en junio para lucirlo en agosto. Pero entrenar buscando solo la estética te convierte en un adorno: igual te ves bien en el espejo un par de semanas, pero te rompes al subir las maletas al avión.

Le intenté explicar a Santi que en mi secta no entrenamos para el espejo. Nadie se cuelga de una barra ni se pone a hacer fuerza a final de rango pensando en lo bien que le va a quedar el bañador. Entrenamos para que el chasis funcione. Para poder hacer el pino, trepar, movernos sin dolor y no tener unas rodillas de cristal.

¿Pero sabes cuál es el truco de todo esto?

Que la estética es una consecuencia inevitable.

Cuando construyes una máquina que es capaz de levantar su propio peso, de moverse en todos los ángulos y de estar fuerte de verdad, el cuerpo muta. Se adapta. Los músculos crecen, no porque lo persigas de forma obsesiva, sino porque son el puto efecto secundario del trabajo duro y constante.

Y te cuento esto porque Santi me miró como si le hablara en arameo y siguió con sus abdominales. Pero si tú prefieres construir un cuerpo que funcione (y que, de rebote, luzca espectacular), tienes el tren a punto de salir de la estación.

Los Pablos y su séquito de esbirros acaban de abrir las plazas para el "onlain coaxin" del trimestre de julio-septiembre.

Son 12 semanas de tortura guiada. Un plan que no es un Excel muerto que te rompe el hombro, sino que va evolucionando semana a semana con tu feedback para ajustarse a lo que necesitas.

Pero ojo a la jugada, porque el tiempo se acaba.

El trimestre empieza en julio, sí. Pero la Evaluación Inicial se hace AHORA, durante estas semanas de junio.

Tienen que pasarte por el taller, examinar tus bisagras, ver cómo te mueves y diseñar tu mapa a medida. Si te esperas a julio para apuntarte, te vas a quedar fuera porque no hay tiempo material para hacerte la ITV. Y como te puedes imaginar, las plazas vuelan porque aquí no se hacen churros, se hacen trajes a medida.

Si quieres dejar de sudar plástico y empezar a entrenar con sentido común, esta es tu puerta de embarque:

[Quiero entrar en el Online Coaching y evaluarme en junio]

A Santi le dejé la botella de agua cerca. A ver si llega a agosto sin derretirse.

Felipe.

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