El viernes pasado me liaron para ir a un rocódromo.

Yo, que vivo en calzado minimalista y tengo los dedos de los pies acostumbrados a vivir en una comuna hippie, separados, anchos y felices, acepté el reto con la inocencia de un niño.

Llegué al mostrador a alquilar el material. El recepcionista, un chaval con más magnesio en las manos que un panadero en plena faena, me echó un vistazo y me tiró al mostrador unas zapatillas curvas que parecían dos plátanos de Canarias petrificados.

—Toma, tus pies de gato —me dijo.

Me senté en el banco y empecé la maniobra.

Aquello no era un zapato, era un instrumento de tortura de la Santa Inquisición. Parecía una de las hermanastras de Cenicienta intentando embutir el pie en el puto zapato de cristal. Cuando por fin logré meter el talón, vi a mis antepasados. Tenía los dedos tan encogidos y montados unos sobre otros que sentía que podía tocar las castañuelas con ellos.

Me levanté y caminé hacia el mostrador como un pingüino escocido.

—Oye, perdona —le dije al chaval, apretando los dientes—. Creo que me has dado la talla de mi Primera Comunión. Me estáis amputando el meñique en diferido.

El tío me miró con esa superioridad moral que solo da el llevar el pelo largo recogido en un moño deshecho.

—Es así, bro —sentenció—. Tienen que doler. La norma es calzar una o dos tallas menos de la tuya. Si no sientes que pisas brasas ardientes, no vas a tener precisión en la roca. Es la cultura de la escalada. Suffer for the send, bro.

Ahí me planté. A mí el sadomasoquismo gratuito no me va. Si quiero sufrir, me apunto a los entrenamientos de la secta de Enso, pero no me mutilo los pies por hobby.

Como soy perro viejo y sé que en la cultura del fitness y del deporte hay mucho "cuñadismo" heredado, saqué el móvil y le mandé un WhatsApp a Pau.

Pau vive colgado de una pared. Es el Spider-Man de Enso Movers. Si alguien sabe de esto, es él.

«Pau, ¿es normal querer llorar sangre al ponerse unos pies de gato? ».

Su respuesta tardó diez segundos en llegar:

«Ni de coña. Que aprieten, sí. Que duelan, es una gilipollez histórica que la gente sigue repitiendo como loros. Precisamente hoy he subido un vídeo hablando de eso».

Me mandó el enlace y me fui a una colchoneta a verlo mientras recuperaba la circulación de mis extremidades.

Resulta que en el vídeo de hoy, Pau saca toda su colección de pies de gato (tiene más pares que Imelda Marcos) y hace una guía rápida, directa y sin tonterías para elegir calzado de escalada.

Explica qué modelo te conviene si eres un novato que no quiere dejarse un riñón, en qué invertir si ya vas más en serio y haces roca o boulder, y lo más importante: desmonta por completo el mito masoquista de que el dolor es necesario para escalar bien.

Si te pica el gusanillo del rocódromo, si ya vas pero se te caen las lágrimas cada vez que te calzas, o si tienes un "bro" que te dice que tienes que sufrir para encadenar una vía, échale un ojo al vídeo y ahórrate la tortura medieval.

Aquí lo tienes:

[Cómo elegir pies de gato (sin amputarte los dedos)]

Al final de la tarde, le devolví los plátanos petrificados al dependiente, me puse mis zapatillas minimalistas y me fui a tomar una cerveza. Con mis diez dedos intactos y felices.

Felipe.

P.D.: El recepcionista me miró mal al irme. Creo que mi falta de compromiso con el dolor le ofendió. Yo me pedí la cerveza con doble de espuma para compensar.

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