El jueves estaba en el gimnasio cuando escuché un estruendo brutal, seguido de un grito ahogado.

Me giré y vi a mi colega Rubén.

Había apilado tres cajones de madera, un par de discos y una colchoneta fina en la cima. Parecía una torre del Jenga a punto de colapsar. Rubén estaba abajo, flexionando las piernas y cogiendo aire como si fuera a levantar el martillo de Thor.

—¿Qué haces, animal? —le pregunté, acercándome antes de tener que marcar el 112.

—Pliometría, Felipe. He visto un TikTok de un preparador americano. Dice que si quieres ser explosivo y saltar de verdad, tienes que entrenar la reactividad del sistema nervioso.

Se agachó, pegó un brinco con todas sus fuerzas y aterrizó en la cima de la torre.

Bueno, aterrizó es una palabra generosa. Sus rodillas colapsaron hacia dentro, la espalda se le dobló como un arco barato y se quedó temblando en cuclillas, rezando para no caerse de espaldas. Bajó al suelo con la gracia de un elefante en patines.

—¿Has visto? —me dijo, jadeando y con los ojos inyectados en sangre—. Potencia pura. Las fibras rápidas están on fire.

Yo me froté la cara con las manos.

—Rubén, tío. Está muy bien que quieras saltar más. La potencia mola y no quiero quitarte la ilusión de ser un ninja. Pero pareces un grillo con artrosis. ¿Cuánto estás levantando en sentadilla ahora mismo?

Me miró, ofendido.

—Yo no hago sentadillas pesadas, Felipe. Eso te hace lento. Yo quiero ser elástico.

Le llevé a la jaula, le puse la barra con la mitad de su peso corporal (unos miserables 40 kg) y le dije que bajara hasta el fondo.

No pudo. A mitad de camino se atascó, los talones se le despegaron del suelo y empezó a temblar como una lavadora vieja centrifugando. Tuve que ayudarle a subir la barra para que no se matara.

Le puse la mano en el hombro.

—Rubén, escúchame. Intentar hacer trabajo pliométrico avanzado sin tener una base de fuerza en las piernas es como intentar disparar un cañón desde una canoa. Te vas a hundir. Tus tendones van a decir «hasta aquí hemos llegado» y vas a acabar en el fisioterapeuta llorando.

Y es que Rubén es el ejemplo perfecto de lo que pasa hoy en día con la pliometría.

Se ha puesto de moda. Abres Instagram y todo el mundo parece una rana saltando a cajones, rebotando contra el suelo y hablando de biomecánica. Parece la nueva panacea universal del entrenamiento.

Pero la gente confunde «dar saltos a lo loco y sudar» con un trabajo pliométrico real. Porque no, subirte a un cajón de un metro reventándote las espinillas no es pliometría si no hay una intención y una intensidad concretas. Y, sobre todo, si no tienes un chasis que soporte ese motor.

Justo de esto va el episodio del podcast que los Pablos han subido hoy.

Han dedicado una hora entera a despellejar esta moda. Hablan de por qué les gusta la pliometría (porque es una herramienta cojonuda, las cosas como son), pero definen exactamente qué es el trabajo pliométrico real, cómo lo entrenarían ellos y la regla de oro: por qué necesitas asentar unas buenas bases de fuerza para que no sea lesivo.

Si alguna vez te ha picado el gusanillo de los saltos, o si ves a gente en tu gimnasio apilando cajones y te preguntas si tú deberías hacer lo mismo, escúchate esto antes de romperte nada.

[La verdad sobre la pliometría (y cómo no partirte las rodillas)]

Yo le quité dos cajones a la torre de Rubén y lo mandé a hacer sentadillas. Me odia un poco, pero sus meniscos me lo agradecerán.

Felipe.

P.D.: Rubén me dijo que las sentadillas le daban agujetas y que él solo quería ser explosivo. Le contesté que lo único explosivo iban a ser sus ligamentos cruzados si seguía saltando así. A veces el amor duele.

Enso Movers
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