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Hace un par de domingos me desperté poseído por un espíritu extraño. Miré mi salón y sentí una necesidad imperiosa de purificar mi entorno. Iba a hacer un zafarrancho de combate. Un Extreme Makeover, pero sin presupuesto y en calzoncillos.
Hice una lista mental del proyecto: iba a apartar los sofás, fregar los rodapiés, limpiar las juntas de los azulejos del baño con un cepillo de dientes (el de las visitas, obviamente, no el mío) y ordenar los libros por color y orden alfabético. Quería dejar el piso que pareciera un puto quirófano suizo.
Me remangué, fui a por el cubo de fregar y, de repente, miré el reloj.
Eran las once y cuarto. Y a la una había quedado para tomar unas cañas y un pincho de tortilla con los colegas. Tenía exactamente una hora y cuarenta y cinco minutos.
Mi cerebro, en un alarde de lógica aplastante, hizo los cálculos.
«Felipe, para dejar esto nivel quirófano necesitas al menos cuatro horas ininterrumpidas. Si lo haces ahora, lo vas a hacer con prisas. Va a quedar a medias. Y las cosas, o se hacen bien, o no se hacen».
¿Adivinas qué hice?
Exacto. Solté el cubo, me senté en el sofá, aparté una caja de pizza vacía con el codo para hacer sitio y me puse a ver un documental sobre suricatos hasta que fue la hora de irme al bar.
Mi casa siguió pareciendo la cueva de un mapache con síndrome de Diógenes durante otra semana entera.
Y todo por culpa de la trampa más vieja del mundo: el síndrome del "todo o nada".
Al día siguiente, mientras tropezaba con mis propias zapatillas en el pasillo, tuve una epifanía. Si en esa hora y media me hubiera limitado a bajar la basura y barrer lo gordo, mi piso habría mejorado un 80 %. Una "chapuza" rápida de quince minutos habría evitado que conviviera con pelusas del tamaño de un caniche.
Pero los seres humanos somos así. Nos encanta boicotearnos con la excusa de la perfección. Preferimos vivir en el estercolero a limpiar "solo un poco".
Y si hay un terreno donde somos los reyes indiscutibles de esta excusa barata, es en el entrenamiento. Concretamente, con la movilidad.
Tenemos metido en la cabeza que para trabajar la movilidad necesitamos unas condiciones astronómicas. Creemos que hacen falta 45 minutos libres, luz tenue, incienso de sándalo, un rodillo de espuma y a Enya sonando de fondo.
Y claro, cuando llegas del curro reventado, miras el reloj y ves que solo tienes 15 minutos antes de hacer la cena, tu cerebro te susurra: "Bah, para hacerlo a medias, mejor no hagas nada".
Y así, poco a poco, tus caderas acaban más rígidas que el sueldo de un becario.
Para dinamitar esta excusa de mierda, Pablo acaba de subir un vídeo a YouTube que es pura medicina contra el perfeccionismo.
En el episodio de hoy, da varias estrategias reales y aplicables para meter el trabajo de movilidad en tu vida cuando el tiempo te da la risa. Porque dedicarle 5 minutos a trabajar la fuerza a final de rango mientras se calienta el microondas es infinitamente mejor que esperar a un "momento perfecto" que no va a llegar nunca.
Si eres de los que, como yo con la escoba, prefiere el "nada" al "algo" y estás pagando el precio con unas articulaciones de madera, este vídeo te va a dar un par de bofetadas de realidad (y unas cuantas herramientas muy útiles).
Aquí tienes el manual para dejar de ponerte excusas:
[Estrategias para entrenar movilidad cuando no tienes tiempo]
Felipe.
P.D.: Al final limpié la casa el martes. A medias. No va a venir ninguna revista de decoración a hacerme un reportaje, pero al menos ya no hay peligro de avalancha al abrir el armario. Mejor hecho que perfecto. |