Mi amigo Hugo hace Jiu-Jitsu Brasileño. O, como yo lo llamo: el noble arte de doblar pijamas con personas dentro.

A Hugo le flipa. El problema es que Hugo tiene el mismo instinto de supervivencia que un lemming sordo.

Ayer fuimos a tomar un café y apareció caminando con la agilidad de un pirata de 80 años. Se sentó en la silla haciendo una mueca que parecía que estaba masticando limones.

Su historial médico del último año es un catálogo de traumatología.

Primero, una rotura de isquio. Se la hizo intentando meter una pierna por un hueco imposible para hacer una guardia rara, olvidando que su flexibilidad es la misma que la de un grissini.

Luego vino la contusión. Se comió un derribo y aterrizó de costillas, asumiendo erróneamente que la colchoneta del tatami era de viscoelástica.

Y no me hables de las manos. Sus dedos parecen raíces de jengibre. Hace un mes se rompió una polea (un ligamento) por negarse a soltar la manga del kimono de un tío que le sacaba 20 kilos.

—Soltar es de cobardes, Felipe —me dijo en su día, enseñándome un dedo que apuntaba directamente hacia Cuenca.

Pero la guinda del pastel es la ciática. Le da unos latigazos desde el glúteo hasta el gemelo que le dejan tieso.

Al verle retorcerse en la silla de la cafetería, le dije:

—Hugo, estás para el desguace. Supongo que hoy te quedas en casa viendo Netflix, ¿no?

Me miró como si le hubiera insultado a la cara.

—¿Qué dices? Me tomo un ibuprofeno y voy a entrenar. Pero iré suavecito. Solo a hacer técnica y rodar flojo.

Solté una carcajada que asustó a la camarera.

En los deportes de contacto, el "suavecito" es un mito urbano. Sabes que vas a acabar sepultado bajo un señor de Murcia que respira muy fuerte mientras intenta estrangularte con tu propia solapa.

Hugo tiene un problema muy común: se cree que parar o adaptar su entrenamiento es un fracaso moral. El ego le arrastra a seguir machacando un cuerpo que le está pidiendo tregua a gritos.

Como intentar razonar con un tío que abraza a otros señores por diversión es inútil, agarré el móvil y le mandé el episodio del podcast que los Pablos han subido hoy.

Es el último capítulo de la saga de lesiones y, casualmente, parece que lo han grabado leyendo el historial clínico de Hugo.

Hablan de las cuatro joyas de la corona:

Contusiones: (Por los aterrizajes forzosos).

Roturas musculares: (Por hacer el ninja sin movilidad).

Ligamentos: (Haciendo hincapié en las famosas poleas de los dedos, tan típicas en escalada y BJJ).

Molestias nerviosas: (Como la dichosa ciática).

Los Pablos explican cómo tratar estas miserias en la fase aguda (que no, Hugo, un ibuprofeno y rodar "suavecito" no es el tratamiento de elección).

Pero lo mejor del episodio no es la ciencia, es la filosofía.

Hablan de cómo quitarle hierro a la práctica física. De entender tu contexto. De que si tienes una ciática recurrente, el mundo no se va a acabar porque dejes de hacer peso muerto o de retorcerte en el suelo unas semanas y busques un ejercicio que no te irradie el nervio. Adaptar no es rendirse, es usar el cerebro.

Si tu cuerpo también parece un parte de guerra, o si tienes la misma cabezonería que Hugo y te niegas a entender que el dolor es información y no un enemigo a ignorar, escúchate esta charla. Te va a ahorrar muchas frustraciones.

Aquí lo tienes (y si quieres ver los anteriores de la saga de lesiones, también los tienes en el canal):

[Contusiones, ligamentos y el arte de saber soltar]

Hugo me ha dicho que se lo pondrá de fondo mientras se venda los dedos. No hay quien le salve, pero yo al menos lo intento.

Felipe.

P.D.: Le pregunté a Hugo qué ventaja táctica le daba tener los dedos como un racimo de plátanos. Me contestó con un "Oss" y se fue cojeando. Es una secta mucho peor que la nuestra, te lo aseguro.

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