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Los aeropuertos son anomalías espaciotemporales. Ahí dentro, el tiempo no funciona igual que en el mundo real.
El mes pasado tenía un vuelo a las diez de la mañana. Como soy un neurótico de la puntualidad, llegué a las ocho. Pasé el control de seguridad sobrado, con esa chulería de quien sabe que tiene dos horas por delante para no hacer absolutamente nada.
Y claro, cuando te crees el rey del tiempo, el universo te castiga.
Me metí en el Duty Free. Ese agujero negro diseñado para que compres perfumes que no necesitas y alcohol a las nueve de la mañana.
Iba caminando sin rumbo cuando lo vi.
Un Toblerone. Pero no un Toblerone normal. Era un Toblerone del tamaño de mi pierna izquierda. Pesaba cuatro kilos. Parecía un arma medieval. Me quedé hipnotizado mirándolo.
Empecé a hacer cálculos mentales. «¿Si lo compro, me cobrará Ryanair 60 euros por exceso de equipaje? ¿Entrará debajo del asiento delantero si lo pongo en diagonal? ¿Cuántas calorías tiene esto, un millón?».
Llevaba no sé cuánto tiempo en trance, debatiendo conmigo mismo frente a la montaña de chocolate suizo, cuando la megafonía del aeropuerto carraspeó.
—«Atención. Última llamada para el pasajero Felipe. Vuelo 3014. Por favor, acuda inmediatamente a la puerta Z-99 o procederemos al cierre del vuelo».
El corazón se me paró.
Miré el reloj. Las nueve y cincuenta. Miré los carteles. Yo estaba en la puerta A. La Z-99 básicamente está en otro código postal. Tienes que coger un tren, cruzar Narnia y sacrificar a un primogénito para llegar.
Solté el Toblerone gigante y arranqué a correr.
Pero no un trote cochinero. Un puto sprint olímpico.
Esquivé a una familia de alemanes que caminaban en bloque. Salté por encima de una maleta Samsonite amarilla que se había cruzado en mi camino. Hice un quiebro de cadera para no llevarme por delante a un señor que limpiaba el suelo con la mopa.
Mientras corría por los pasillos rodantes esquivando gente, me di cuenta de que si no fuera por las palizas que me meten los Pablos en el onlain coaxin, mis isquios habrían saltado por los aires en el primer salto de maleta. Mi cadera habría hecho crack y mis pulmones habrían colapsado antes de llegar a la terminal C.
Llegué a la puerta Z-99 derrapando, sudando como un pollo, justo cuando la azafata estaba cogiendo el teléfono para cerrar la puerta.
Me colé en el avión. Me senté en mi asiento, con el corazón a 180 pulsaciones, y mientras recuperaba el aliento, me invadió una sensación de vergüenza absoluta.
Estuve a punto de perder un viaje increíble, unos billetes que me habían costado una pasta y unas vacaciones de puta madre... por estar empanado mirando un trozo de chocolate gigante que ni siquiera iba a comprar.
Casi pierdo lo que de verdad importaba por distraerme con una gilipollez irrelevante.
Y sentado en ese avión, me di cuenta de que hacemos esto todo el puto rato.
Nos distraemos. Nos empanamos.
Queremos ponernos en forma, queremos dejar de tener dolores, queremos movernos bien... pero nos quedamos mirando el "Toblerone". Nos distraemos con la excusa de "ya empezaré el mes que viene", "ahora tengo mucho lío en el trabajo", "es que los gimnasios me dan pereza".
Dejamos pasar las oportunidades que de verdad valen la pena porque estamos perdiendo el tiempo mirando cosas que no importan, esperando a que el tiempo se detenga.
Y el tiempo no se detiene. El avión se va.
Si llevas tiempo queriendo arreglar tu chasis, dejar de ser un mueble rígido y ponerte en manos de gente que sabe lo que hace, ha sonado la megafonía.
Esta es la última llamada.
Las plazas para el Online Coaching del trimestre abril-junio se cierran ya. Estamos a 27 de marzo. Faltan un par de telediarios para que empiece abril.
Y como vengo repitiendo, no puedes subirte a este avión en marcha. Los Pablos necesitan que entres AHORA porque tienen que hacerte la evaluación inicial antes de que acabe el mes. Tienen que revisar cómo te mueves, medir tus limitaciones y diseñarte el plan de vuelo a medida.
Si te quedas mirando el escaparate, esperando al momento perfecto, te van a cerrar la puerta de embarque en las narices y te vas a quedar en tierra tres meses más.
Aquí tienes la tarjeta de embarque. Corre hacia la puerta antes de que cierren: [ÚLTIMA LLAMADA para el trimestre abril-junio]
No pierdas el viaje de tu vida por estar empanado.
Felipe.
P.D.: Aún sigo pensando si el Toblerone gigante habría cabido en la mochila. Ryanair es capaz de cobrarle billete propio.
P.D. 2: De verdad, quedan muy pocas plazas y el plazo de la evaluación en marzo expira ya. Pilla tu sitio y deja de mirar el chocolate. |