El viernes quedé a cenar con mi colega Curro.

Curro es un tío que disfruta de la comida. De los que cierran los ojos cuando prueban una croqueta. Pero el viernes noté algo raro.

Cada vez que se metía un trozo de hamburguesa en la boca, hacía una maniobra extraña con la cabeza. La ladeaba hacia la derecha, como un pájaro con tortícolis, y masticaba con mucho cuidado, usando solo las muelas del lado izquierdo.

Parecía un hámster desactivando una granada con la lengua.

—Curro —le dije, mientras le veía pelearse con un pepinillo—, ¿qué te pasa? Pareces un contorsionista facial.

Dejó el tenedor, suspiró y se señaló la mandíbula derecha.

—Es la muela, tío. Tengo una sensibilidad del carajo. Si algo toca ahí, veo las estrellas.

—¿Y a qué esperas para ir al dentista? —le pregunté, usando mi lógica aplastante.

Curro me miró como si le hubiera sugerido ir a la guerra.

—Uf, qué pereza, Felipe. Hay que pedir cita, me van a taladrar, me va a costar una pasta... Además, ya le he pillado el truco. Si mastico solo por la izquierda y bebo con pajita apuntando al fondo del paladar, ni me entero.

—Ya... —le dije, dejando mi vaso en la mesa—. ¿Sabes a qué me recuerdas? A mí hace seis meses. Pero no con la boca, sino con el hombro.

Curro me miró con curiosidad (y con un trozo de pan en el carrillo izquierdo).

—Yo hacía lo mismo que tú. Me dolía al levantar el brazo, así que empecé a hacer "trucos". Si tenía que coger algo de arriba, arqueaba la espalda como si me diera un calambre. Si tenía que dormir, me ponía en postura momia para que no me pincharan. Dejé de colgarme de la barra en el parque porque "ahí molestaba".

—¿Y qué hiciste? —preguntó Curro.

—Pues lo mismo que tú: nada. Me dije que "ya tenía el truco pillado". Que arreglarlo era un lío, que había que hacer ejercicios raros, que qué pereza... Viví a medias, compensando con el cuello y la espalda, pensando que era lo normal.

Hice una pausa dramática para darle un trago a mi bebida (yo sí usé los dos lados de la boca).

—Hasta que me harté de ser un tullido funcional y me puse con el programa de Hombros Antifrágiles de los Pablos.

—¿Y te taladraron? —bromeó Curro.

—Casi mejor. Me pusieron a trabajar fuerza en rangos que yo ni sabía que existían. Al principio fue jodido, no te voy a mentir. Tuve que "ir al dentista" de la movilidad. Pero tío... ahora levanto el brazo y sube solo. Sin trucos. Sin arquear la espalda. Sin miedo.

Le miré muy serio.

—Y te juro, Curro, que de lo único que me arrepiento es de no haberlo hecho antes. De haber estado meses haciendo el canelo y viviendo con el freno de mano echado por pura pereza. Así que deja de masticar como un hámster y pide cita, haz el favor.

Curro se quedó pensativo. Luego pidió el postre.

Yo no sé si Curro llamará al dentista mañana. Pero sé que tú estás leyendo esto y probablemente estás haciendo la "Estrategia del lado izquierdo" con tus hombros.

Estás viviendo a medias. Estás compensando. Estás evitando ciertos movimientos porque "ahí molesta".

No seas como Curro. No esperes a que te duela hasta al beber agua.

Arreglarlo cuesta un poco de esfuerzo, sí. Pero la vida completa sabe mucho mejor.

[Aquí tienes tu "cita" para dejar de compensar]

Felipe.

P.D.: Al final de la cena, a Curro se le fue un trozo de hielo al lado derecho. El grito que pegó hizo que se callara todo el restaurante. No esperes a que te pase lo mismo con una mancuerna. Arréglalo antes.

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