Tengo un colega, Roberto, que cuando sale a correr parece un árbol de Navidad con patas.

Lleva ropa técnica fluorescente, un reloj que le mide hasta la temperatura del alma y unas zapatillas con tanta cámara de aire que parece que lleva dos colchones viscoelásticos atados a los pies.

El otro día me dio por acompañarle a trotar un rato. Error.

A los diez minutos, Roberto paró en seco, haciendo una mueca de dolor digna de una telenovela venezolana.

Se llevó la mano a la espinilla.

—¿Qué pasa, Robe? —le pregunté.

—Nada, nada... es la periostitis —dijo, masajeándose la zona con aire de mártir—. Y el tobillo, que se me carga. Ya sabes, lo de siempre. Es mi lesión crónica. El precio de ser runner.

Lo dijo con orgullo. Como si tener las tibias a punto de estallar fuera una medalla al mérito deportivo.

—Oye, Roberto —le dije, intentando ser sutil—, ¿no has pensado que igual esa "amortiguación de la NASA" que llevas en los pies tiene algo que ver? Igual si probaras un calzado que dejara a tu pie funcionar como un pie...

Me miró como si le hubiera sugerido que saliera a correr pisando cristales rotos.

—¿Esas zapatillas minimalistas de hippies que usas tú? —se rio—. Ni de coña. Yo necesito soporte, Felipe. Necesito tecnología. Además, esto es crónico. Me hice un esguince en 2018 y ya se quedó ahí para siempre. Es lo que hay.

Roberto ha decidido que su dolor es su mascota. Le ha puesto nombre, lo saca a pasear y lo alimenta con excusas.

Cree que una lesión "crónica" es una condena de por vida, como ser del Atleti (con perdón).

No entiende que "crónico" muchas veces es solo una forma elegante de decir "no lo curé bien en su día y sigo haciendo el burro de la misma manera".

Como sé que Roberto no me va a hacer ni puñetero caso a mí (porque no llevo bata blanca ni tengo un podcast famoso), he decidido enviarle el episodio de hoy.

Porque los Pablos siguen con su carnicería de mitos sobre lesiones.

En el episodio anterior hablaron de espalda y hombros. Hoy le toca el turno al tren inferior: Esguinces de tobillo y Periostitis.

Es una hora de oro puro donde explican:

Por qué la mayoría de "lesiones crónicas" no son crónicas, son mal gestionadas.

Qué coño hacer (y qué no) justo después de torcerte un tobillo para no arrastrarlo años.

La periostitis: por qué duele y por qué la solución no es dejar de correr para siempre.

Y sí, hablan del calzado. Y de por qué encerrar a tu pie en un búnker de gomaespuma igual no es la mejor idea si quieres dejar de lesionarte.

Se lo he pasado a Roberto. No sé si tirará sus zapatillas espaciales a la basura, pero al menos espero que deje de llamar "amiga" a su periostitis.

Si tú también corres, caminas por el monte o simplemente tienes unos tobillos que parecen de cristal, esto te interesa:

[Tobillos, periostitis y mentiras crónicas]

Felipe.

P.D.: Roberto dice que si se pasa al minimalismo se va a romper. Yo le he dicho que ya está roto. Se ha enfadado. La verdad duele más que la periostitis.

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