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El otro día me encontré a Andrea en el gimnasio haciendo algo que parecía una sesión de espiritismo.
Estaba tirada en una colchoneta, con una pierna subida a un banco y la cara roja, aguantando la respiración como si estuviera desactivando una bomba bajo el agua.
—Andrea —le dije—, ¿estás pagando una promesa o estás intentando partirte el fémur?
Me miró con los ojos inyectados en sangre.
—Estoy estirando, Felipe. Tengo los isquios cargadísimos de la sentadilla de ayer. Si no estiro, mañana voy a andar como un pingüino.
Andrea lleva "estirando" los isquios tres años.
Cada día se tira 15 minutos en esa postura infame, sufriendo, tirando del músculo como si fuera un chicle Boomer que quiere alargar.
Y cada día, curiosamente, sigue igual de rígida.
—Andrea —le solté—, imagínate el cinturón de seguridad del coche.
—¿Qué? —soltó la pierna, jadeando.
—El cinturón. Si tiras de él despacito y con calma, sale, ¿verdad? Se alarga. Pero... ¿qué pasa si hay un frenazo? ¿Qué pasa si tiras de golpe?
—Que se bloquea. Se pone duro.
—Exacto. Se bloquea para salvarte la vida. Pues tus isquios son el puto cinturón de seguridad.
Se quedó pensando (o procesando el lactato, no sé).
El problema de Andrea, y el de la mayoría de la gente que se pasa la vida "estirando" sin resultados, es que tratan a sus músculos como si fueran gomas muertas.
Creen que si tiran mucho, la goma cede.
Pero tus músculos no son gomas. Son listos. Y sobre todo, son unos cagados.
Tu cerebro detecta que en ese rango de movimiento no tienes fuerza. Eres débil ahí. Y como tu cerebro no quiere que te rompas, hace lo mismo que el cinturón de seguridad: pisa el freno. Tensa el músculo. Lo pone rígido para protegerte.
Por eso, por mucho que estires pasivamente como Andrea, al día siguiente vuelves a estar tieso. Porque no le has enseñado a tu cuerpo que es SEGURO estar ahí.
La única forma de quitar el freno de mano no es relajarse. Es todo lo contrario.
Es hacer fuerza en ese rango.
Es decirle a tu cerebro: "Tranquilo, chaval, que aquí mando yo y tengo fuerza para controlar esto".
Cuando haces eso (fuerza a final de rango), el cerebro se relaja, quita el bloqueo y, de repente... ¡magia! Bajas más. Sin dolor. Y lo mejor: te quedas así.
Si estás harto de ser como Andrea, peleándote con tu propio cuerpo en una colchoneta para seguir igual de rígido mañana, tengo la solución.
Hemos creado un programa específico para dejar de "estirar" a lo tonto y empezar a ganar movilidad de verdad.
Se llama "Isquios de Goma".
No es para que te relajes. Es para que construyas unos isquios a prueba de balas, que te dejen tocar el suelo, hacer una sentadilla decente o dar una patada voladora sin romperte los pantalones.
Olvídate de la colchoneta de la vergüenza.
Aquí se viene a currar:
[Quiero unos isquios de goma (y dejar de ser un pingüino)]
Felipe.
P.D.: Andrea me dijo que mi teoría del cinturón era "muy bonita pero poco científica" y volvió a tirar de su pierna. Al día siguiente me confesó que le costaba ponerse los calcetines. Hay gente que prefiere sufrir a entender. No seas como Andrea.
P.D. 2: Si leíste la entrada del lunes, te darías cuenta de que el enlace al vídeo estaba roto. No era una broma de mal gusto, es que soy gilipollas. Aquí tienes el bueno. |