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Mi amigo Rafa me vendió la moto de una forma magistral.
—Vente a escalar, Felipe. Es lo más. Es como resolver puzles con tu cuerpo. Superzén. Superseguro. Además, el ambiente es muy de colegueo.
Yo, que soy fácil de liar, me imaginé una especie de templo budista vertical. Gente moviéndose con elegancia, música relajante, armonía...
JÁ.
En cuanto crucé la puerta del rocódromo, me di cuenta de que Rafa me había mentido en toda la cara.
Aquello no era un templo zen. Aquello era una zona de guerra donde el enemigo era la gravedad. Y la gravedad iba ganando por goleada.
Nada más entrar, vi a un tío caer desde cuatro metros de altura.
Cayó a plomo. Con las piernas más tiesas que un soldadito de juguete. El sonido que hicieron sus pies contra la colchoneta hizo que me dolieran los meniscos a mí.
Pero eso no fue lo peor.
A mi derecha, una chica estaba intentando resolver un "bloque" (así llaman a las rutas los modernos). Se quedó atascada y se soltó sin parase a mirar a su alrededor.
Casi aterriza encima de un pobre chaval que estaba tranquilamente echándose magnesio en las manos. Faltaron tres centímetros para que aquello se convirtiera en un tetris humano de dolor y fracturas.
—¿Zen? —le grité a Rafa por encima del ruido de los cuerpos impactando contra el suelo—. ¡Rafa, esto es una lluvia de albóndigas humanas! ¡Es el Desembarco de Normandía en mallas de colores!
—Que no, exagerado —me dijo él, con esa calma de escalador que me pone nervioso—. Es seguro. Hay colchonetas. Tú sube y, si no puedes más, te sueltas.
Me quedé mirando la pared. Luego miré a la gente cayendo como sacos de patatas, rebotando, torciéndose tobillos y casi desnucando al prójimo.
Mi instinto de supervivencia (que es lo único que funciona bien en mi cuerpo) se activó.
—Ni de coña subo ahí sin saber cómo bajar —le dije.
—¡Que te tires! —insistió Rafa—. ¡Que está blando!
Sí, claro. Blando. Como el suelo de lava.
Pasé de Rafa. Me fui a una esquina segura (lejos de la zona de impacto de los kamikazes) y saqué el móvil. Tenía que haber una forma técnica y civilizada de no matarse en este sitio.
Y, joder, parece que los astros se alinearon. O que el algoritmo de Google me espía (que también).
Justo Pau acababa de subir un vídeo que se llama, básicamente, "Cómo no partirte la crisma en el rocódromo".
Le di al play ahí mismo, mientras Rafa me hacía gestos desde la pared colgado como un mono.
Y menos mal que lo vi.
Resulta que "soltarse y rezar" no es la técnica correcta. Pau explica cosas que parecen de sentido común pero que nadie en esa nave de locos estaba haciendo:
La desescalada: Que bajar usando las presas no es de cobardes, es de gente inteligente que quiere conservar sus rodillas.
El arte de la caída: Cómo amortiguar el golpe si tienes que saltar (spoiler: caer rígido como el tío de la entrada es la peor idea posible).
El radar: Mirar abajo antes de soltarte para no convertirte en un misil dirigido hacia la cabeza de otro escalador.
Después de ver el vídeo, me acerqué a la pared con otra cara.
Subí un poco. Me atasqué. Miré abajo (no había nadie). Destrepé un par de presas para no estar tan alto. Y me dejé caer amortiguando como un ninja, tal y como dice Pau.
Rafa me miró raro.
—¿Por qué has bajado así? —me preguntó.
—Porque quiero seguir teniendo tobillos mañana, Rafa. Tobillos. Esos grandes desconocidos.
Si tú también vas al rocódromo, o te están liando para ir, hazte un favor y mira esto antes de ponerte los pies de gato.
Te va a ahorrar parecer un saco de patatas volador (y probablemente una visita a urgencias).
[Aprende a caer (y a no matar a nadie)]
Felipe.
P.D.: Al salir, vi al chico del principio (el soldadito de plomo) cojeando hacia el vestuario. Rafa dijo "cosas del oficio". Yo digo "cosas de no ver el vídeo de Pau". |