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El martes quedé con Javi en "El Templo" (así llama él al gimnasio de barrio que huele a humanidad fermentada y óxido).
Javi es un tipo entrañable, pero tiene un problema grave: su algoritmo de TikTok.
Su cerebro ha sido secuestrado por una mezcla de influencers de 19 años ciclados y vídeos motivacionales con música de Hans Zimmer de fondo. Y eso, amigos, es una bomba de relojería.
Estábamos en la zona de suelo. Javi se tiró al tatami con la solemnidad de un ninja a punto de cometer seppuku.
—Atiende, Felipe —me dijo, recolocándose la camiseta técnica talla S (que claramente le corta la circulación)—. Hoy toca tríceps. Voy a hacer diamantes.
Juntó las manos haciendo un triangulito, sacó los codos hacia fuera apuntando a Cuenca y empezó a bajar.
Bajaba, sí. Pero aquello no era una flexión. Aquello era una agresión biomecánica. Su hombro rotaba internamente con una violencia que me dolió hasta a mí.
—Javi, para —le dije, poniéndole el pie encima—. Te vas a sacar el húmero de la cuenca, animal. Abre las manos y pega los codos.
Javi se levantó, rojo como un gambón, y me miró con condescendencia.
—Felipe, por Dios, actualízate. Si abro las manos es pecho. Si las cierro es tríceps. Es aislamiento puro. Quiero que la cabeza larga del tríceps arda.
—Javi, estás empujando el suelo. Tu pecho trabaja aunque no quieras. No tienes un interruptor para apagar el pectoral mayor.
—Bah —resopló, frotándose el hombro que, evidentemente, le estaba gritando—. Tú haz lo tuyo. Además, ya sabes lo que dicen: No pain, no gain. Si duele, es que está creciendo.
—Si duele así, es que te estás rompiendo, Javi. Eso no es "gain", es una tendinitis de caballo.
Pero él ya estaba a otra cosa. Se fue hacia la jaula de sentadillas caminando como John Wayne.
Cargó la barra. Bajó... bueno, hizo un amago. Una reverencia. El culo no bajó ni a la altura de la rodilla. Se quedó en tierra de nadie y subió temblando.
—¿No bajas más? —le pregunté, apoyado en la columna—. Te has dejado medio recorrido en casa.
Javi soltó la barra con un estruendo innecesario y negó con la cabeza, muy serio.
—Imposible. Anatomía, Felipe. Tengo los tobillos cortos.
—¿Los tobillos... cortos? —pregunté, intentando no reírme.
—Sí. Dorsiflexión limitada genéticamente. He visto un vídeo de un tío que dice que si tus tibias son largas y tus tobillos rígidos, es físicamente imposible bajar ass to grass. No es culpa mía, es mi chasis. Si bajo más, vuelco.
Ahí me di cuenta.
Javi es una víctima.
Es una víctima de la bro-science. Vive atrapado en una red de mentiras que le dicen que estirar mucho le hará flexible mágicamente, que el dolor agudo es señal de hombría y que sus tobillos son los culpables de que no sepa usar su cadera.
Intentar explicarle allí mismo con el tecno a todo volumen y su ego inflado por el preentreno que estaba equivocado era misión imposible.
Así que hice lo único que podía salvarle de una visita al traumatólogo: mandarle el vídeo que ha subido Pablo hoy.
Porque en este vídeo, Pablo se mete en el barro y desmonta justo las gilipolleces que Javi tiene tatuadas en el cerebro.
Se lo mandé por WhatsApp mientras él se miraba el tríceps en el espejo buscando esa "congestión de la cabeza larga".
Si tú también tienes un Javi en tu vida (o si alguna vez has pensado que tus huesos te impiden hacer sentadillas), échale un ojo.
Aquí tienes la dosis de realidad, sin música épica de fondo:
[Los 5 mitos que te están jodiendo el entreno]
Felipe.
P.D.: Javi vio el vídeo en el vestuario. No admitió su error (el orgullo es fuerte en él), pero le vi haciendo movimientos de cadera en la ducha cuando creía que nadie miraba. Una imagen con la que, por desgracia, tendré que convivir el resto de mi vida. |