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Era una noche fría y húmeda. De esas que se te meten en los huesos y te hacen cuestionar tus decisiones vitales.
Estaba yo en la esquina de la calle, esperando a que el semáforo se pusiera en verde, cuando se me acercó un tipo.
Llevaba un abrigo largo, la mirada perdida y un papel arrugado en la mano que apretaba como si fuera el billete ganador de la lotería.
Me miró a los ojos, con esa desesperación del que sabe que se le acaba el tiempo, y me susurró:
—Oye... tú tienes pinta de saber de esto. ¿Sabes dónde puedo conseguir un poco de... voluntad?
—¿Voluntad? —pregunté, arqueando una ceja.
—Sí, tío. Voluntad. Motivación. Ganas. Lo que sea. Me queda nada para el 31. Tengo aquí la lista —me enseñó el papel arrugado, lleno de tachones—. "Aprender inglés", "Dejar de fumar", "Ponerme como Conan el Bárbaro". Pero me falta la gasolina, tío. Necesito que el 1 de enero me levante con ganas de comerme el mundo. ¿Sabes quién vende de eso?
Me dio pena. De verdad.
Era otro yonqui de la Nochevieja.
Otro pobre diablo que cree que, cuando el reloj marque las doce, una especie de polvo mágico caerá del cielo y transformará su personalidad de sofá en una de disciplina espartana. Cree que el cambio de año trae consigo un cambio de software cerebral.
—Escucha, amigo —le dije, poniéndole una mano en el hombro—. La voluntad es como la batería del móvil. Se gasta. Si confías en ella para todo eso, el día 3 de enero estás muerto.
—¿Entonces qué hago? —preguntó, con los ojos vidriosos—. ¿Me rindo?
—Mira, tío... esto no lo suelo hacer. Pero me has caído bien y tienes cara de necesitar un milagro.
Miré a ambos lados de la calle, asegurándome de que no había moros en la costa. Saqué una tarjeta del bolsillo interior de mi gabardina y se la deslicé en la mano con disimulo, como si fuera material radiactivo.
—Estos tipos no venden humo. Son ingenieros. La operación empieza el día 5, con los Reyes. Pero escúchame bien: no trabajan con cualquiera.
Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal, hablando rápido y bajito.
—Antes de darte el plan, tienen que interrogar a tu cuerpo. Lo llaman "la evaluación". Tienes que pasar por el escáner estos días que quedan. Si esperas a enero, la puerta estará cerrada. Sin evaluación previa, no hay trato. Y sin trato, estás fuera.
El tipo miró la tarjeta, asintiendo frenéticamente, aferrándose a ella.
—Y una cosa más... —bajé la voz hasta que fue casi un silbido—. Ese contacto vale oro. Si entras hoy o mañana, di que vas de mi parte. Tienes un 10 % de descuento. Pero date prisa. El día 30, esa oferta se autodestruye.
El yonqui se fue calle abajo, caminando un poco más erguido, con una sonrisa en la cara, feliz sabiendo que este año no iba a depender de la suerte, sino de cumplir un propósito real.
Yo me subí el cuello del abrigo y sonreí. Otro alma salvada.
Felipe.
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P.D. 2: Si quieres ser el tipo que se va feliz con un plan bajo el brazo y no el que se queda llorando en la esquina, aprovecha ahora. El día 30 se acaba la oferta y, probablemente, el tiempo para evaluarte. |