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Tengo un amigo, llamémosle Luis, que vive con el miedo constante de que su columna vertebral se desintegre.
El otro día estábamos tomando algo y se le cayeron las llaves al suelo.
Luis se puso rígido, tensó el cuello, echó los hombros hacia atrás y empezó a bajar en vertical, doblando solo las rodillas, con el tronco más recto que un guardia real de Buckingham Palace.
Parecía que le estaba pidiendo matrimonio al suelo. O que estaba haciendo una sentadilla invisible mientras intentaba aguantarse un pedo.
Cuando por fin recuperó las llaves (tardó unos 45 segundos en la maniobra), no me pude aguantar más.
—Luis, tío —le dije—, tenemos que hablar.
Me miró asustado.
—¿Qué pasa?
—Pasa que pareces un Playmobil —le solté—. Te he visto bajar a por esas llaves como si estuvieras desactivando una bomba nuclear.
—Es la lumbar, Felipe. Ya sabes que tengo una protusión. El médico me dijo que cuidado con la flexión.
Respiré hondo y se lo dije allí mismo, con la cerveza en la mano:
—Escúchame, Luis. Tratas tu espalda como si fuera una figura de Lladró. Como si fuera de porcelana fina y, si la miras mal, fuera a explotar. No coges las bolsas del súper, no juegas al pádel, te agachas como un robot...
Luis asintió, dándome la razón, pensando que le estaba compadeciendo. Pero seguí:
—Y la ironía, tío, es que te duele precisamente por eso. Es el pez que se muerde la cola. Te duele, te cagas de miedo, dejas de moverte, tu espalda se vuelve más débil y rígida, y entonces... te duele más. Tu espalda no necesita una vitrina, Luis. Necesita movimiento. Si no la usas, se oxida.
Pero claro, yo soy Felipe, el friki que hace el pino en el parque. Mi opinión tiene el mismo peso para él que la de un terraplanista.
Así que he hecho lo único sensato: mandarle el episodio del podcast de hoy.
Porque los Pablos se han puesto serios (pero no aburridos) y han hablado de las tres marías del dolor:
-Las lumbalgias (el terror de Luis).
-El síndrome de impactación (ese pinchazo en el hombro que no se va).
-Las cefaleas (que muchas veces vienen de donde menos te esperas).
Explican por qué pasan estas cosas, por qué el miedo es tu peor enemigo y, lo más importante, cómo coño salir del bucle de dolor sin quedarte quieto como una estatua para siempre.
Hablan de mover la zona dañada con cabeza, de perderle el miedo a la carga y de entender que tu cuerpo no es de mantequilla.
Se lo he pasado a Luis. No sé si me hará caso o si seguirá agachándose como un Playmobil el resto de su vida.
Pero si tú también tienes alguna zona de tu cuerpo que tratas como si fuera radiactiva por miedo a que te duela, escúchalo.
Igual descubres que la cura no es el reposo, sino el movimiento.
[QUÍTATE EL MIEDO A MOVERTE]
Felipe.
P.D.: Al final Luis consiguió coger las llaves, pero tardó tanto en bajar y subir con esa rectitud absurda que se le enfrió el café. El miedo no solo te jode la espalda, también te jode la merienda. |