El domingo pasado me dio por salir a la montaña.

"Voy a oxigenarme", pensé. "Voy a conectar con la naturaleza".

Me puse las zapatillas de trail (que uso para ir a comprar el pan), cargué la mochila con agua y salí disparado.

Iba a un ritmo cojonudo.

Sudando la gota gorda, notando cómo los gemelos ardían, saltando piedras como una cabra montesa con crisis de mediana edad. Me sentía Kilian Jornet, pero con más entradas y menos patrocinadores.

Llevaba una hora andando a toda hostia, sintiéndome superproductivo, cuando el camino se acabó.

Literalmente.

Me encontré de frente con un zarzal que parecía la entrada al castillo de la Bella Durmiente y un barranco por el que no bajaba ni una lagartija.

Estaba perdido, arañado, cansado y en medio de la nada.

Y entonces, sentado en una piedra, como si llevara ahí tres siglos esperando, estaba él.

Pai-Do Mei.

Estaba pelando una mandarina con una calma exasperante. Me miró, miró mi cara de "me va a dar un infarto" y soltó:

—Felipe, la velocidad del paso es irrelevante cuando la brújula duerme. El viajero que ignora su destino no camina; simplemente erosiona el suelo. El esfuerzo sin norte es solo entropía disfrazada de virtud.

Me quedé jadeando.

—Pai-Do —le dije entre resuellos—, ¿me estás llamando gilipollas o me estás diciendo por dónde se vuelve al coche?

—Te estoy diciendo que has corrido mucho para llegar a un sitio donde no querías estar.

Joder. Qué rabia me da cuando el místico de los cojones tiene razón.

Había confundido "moverme mucho" con "ir a algún sitio".

Y mira, no te lo cuento para que te rías de mi orientación (que es nula), sino porque veo a mucha gente hacer lo mismo en el gimnasio.

Y ojo, que no es culpa suya. Nos han vendido que lo importante es "ir".

Que lo importante es sudar. Cansarse. Cumplir.

Entran al gimnasio y se ponen a hacer cosas. Un poco de pecho, un poco de cardio, unas abdominales que vieron en TikTok... Se mueven. Se esfuerzan. Salen reventados.

Y se sienten bien porque "han hecho algo".

Pero ¿saben a dónde van?

¿Están entrenando para ganar fuerza máxima? ¿Para mejorar su movilidad de cadera porque se pasan 8 horas sentados? ¿Para poder jugar al pádel sin romperse el menisco?

Porque si no tienes un destino, da igual lo rápido que corras. Solo estás erosionando el suelo (y tus articulaciones).

Es muy jodido ponerte la brújula tú solo. Lo normal es que acabes dando vueltas en círculos o metido en un zarzal como yo.

Por eso, la secta de Enso Movers tiene el Online Coaching.

Los Pablos no son gurús que te hablan con acertijos. Son tu puto GPS.

Tú les dices: "Oye, quiero llegar AQUÍ (tocarme los pies, hacer el pino, dejar de tener dolor de espalda)".

Y ellos te trazan la ruta. Te dicen: "Vale, pues deja de correr hacia el barranco y empieza a caminar por este sendero".

Ya han abierto las plazas para el trimestre de enero-marzo.

Son 12 semanas de tener a un copiloto que se asegura de que no te pierdas.

Y sí, sé lo que estás pensando: "Felipe, falta un mes para enero, déjame vivir la Navidad".

Error.

Si abren ahora no es por capricho, es por la brújula.

Antes de empezar a caminar en enero, en diciembre hay que calibrar el GPS.

Hay que hacer la evaluación inicial.

Tienen que ver cómo estás ahora, qué te duele, qué se mueve bien y qué se mueve como una puerta oxidada. Ese trabajo de detective se hace en diciembre. Es innegociable.

Sin eso, ponerte un plan sería como decirte "corre mucho", sin saber si vas hacia la cima o hacia el precipicio.

Si quieres dejar de dar vueltas en círculos y empezar a avanzar hacia algún sitio, pilla tu plaza antes de que se agoten (que lo hacen, créeme):

[Quiero calibrar mi brújula para enero]

No corras más. Corre mejor.

Felipe.

P.D.: Al final Pai-Do Mei me señaló un sendero oculto detrás de un pino y llegué al coche en diez minutos. A veces, solo necesitas a alguien que sepa mirar el mapa.

P.D. 2: Recuerda: Evaluación en diciembre para entrenar en enero. Si te esperas a las uvas, te quedas sin plaza y sin mapa.

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