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Durante años, mi estrategia de entrenamiento fue la de un bufet libre de carretera a las 3 de la tarde.
Yo llegaba al gimnasio con un hambre voraz y la ansiedad de un niño gordo en una tienda de chuches. Lo quería todo.
¿Sentadillas? Ponme cuatro series. ¿Burpees? Venga, hasta que vomite el desayuno. ¿Curl de bíceps? Claro, por si acaso me llaman para un casting de Los vigilantes de la playa. ¿Esa máquina rara que nadie usa? Yo la uso, que seguro que activa el glúteo menor en su porción lateral.
Mi libreta de entrenamiento parecía la lista de la compra de una familia numerosa.
Yo pensaba que entrenar era eso: acumular. Rellenar huecos. No parar.
Si salía del gimnasio caminando normal, sentía que había fracasado. El objetivo era salir reptando, oliendo a tigre y con la camiseta empapada en el sudor de mi propia estupidez.
Andrea, la reina del Hip Thrust, me miraba a veces desde su esquina. Ella estaba allí, con su cronómetro, descansando 3 minutos exactos entre series, apuntando cosas en su móvil con cara de cirujana.
Yo la miraba y pensaba: "Bah, qué floja. Yo ya he hecho 7 ejercicios distintos mientras ella sigue con el primero".
Qué equivocado estaba el gilipollas de Felipe.
Un día, después de una de esas sesiones maratonianas donde casi me da un parraque, me senté en el banco del vestuario.
Estaba reventado. Me dolía hasta el apellido.
Pero me miré al espejo y fui honesto conmigo mismo por primera vez:
No avanzaba una mierda.
Sí, sudaba. Sí, me cansaba. Sí, tachaba "entreno cumplido".
Pero seguía siendo igual de torpe. Si me pedían hacer el pino, parecía un edificio en demolición. Si quería saltar una valla, me dejaba la espinilla.
Era un experto en cansarme, pero un novato en moverme.
Y entonces me di cuenta de la gran mentira que nos hemos tragado:
Hacer mucho no es avanzar. Es solo hacer mucho.
Es como intentar aprender un idioma leyendo el diccionario entero en una tarde. Acabas con dolor de cabeza y sin saber decir ni "hola".
La clave no estaba en el bufet libre. Estaba en el menú degustación.
Pocos platos, pero de puta madre.
Ahí es cuando cambié el chip (y cuando los Pablos me salvaron de mi propia neurosis).
Entendí que si quieres dominar algo —sea el pino, una sentadilla profunda o simplemente que no te cruja la espalda al atarte los cordones— necesitas foco.
Necesitas aburrirte un poco.
Repetir lo mismo. Pulirlo. Entenderlo. Hacerlo tuyo.
Una escopeta de feria hace mucho ruido y dispara perdigones a todos lados, pero no le da a nada. Un francotirador dispara una vez. Y acierta.
Yo pasé de ser una escopeta de feria a intentar ser un francotirador.
Dejé de hacer 20 ejercicios de mierda y pasé a hacer 4 bien hechos. Hasta que me salían por las orejas.
Y curiosamente, haciendo "menos", empecé a conseguir cosas que antes me parecían brujería.
Te cuento esta chapa porque sé que tú también tienes un poco de síndrome de Diógenes en tu entrenamiento. Quieres acumularlo todo.
Y necesitas que alguien venga, te tire la basura y te deje solo con lo que importa.
Ese es el trabajo de los Pablos en el Online Coaching.
No te van a poner a sudar por sudar. No son animadores de un campamento de verano.
Son arquitectos.
Te quitan la paja, te dejan el grano y te dicen: "Felipe, deja de hacer el canelo y céntrate en esto durante 12 semanas".
Y funciona. Vaya si funciona.
Por cierto, abren hoy las plazas para el trimestre enero-marzo.
"¿Enero? Pero si estamos comiendo turrones todavía, qué dices, Felipe".
Escucha, ansias.
Se abren ahora por dos razones:
Porque las plazas vuelan más rápido que mi dignidad intentando hacer yoga.
Y lo importante: la evaluación.
Para que en enero tengas un plan de francotirador, en diciembre te tienen que medir hasta las pestañas. Tienen que ver cómo te mueves, dónde fallas y qué necesitas TÚ, no tu vecino.
Ese trabajo de análisis se hace en diciembre. Si esperas a enero para apuntarte, ya vas tarde y mal.
Si quieres dejar de ser un bufet libre y empezar a comer calidad, aquí tienes la reserva:
[Deja de entrenar "más". Entrena mejor.]
Felipe.
P.D.: El otro día vi a un chaval haciendo series gigantes de 5 ejercicios seguidos sin descanso. Me dieron ganas de abrazarle y decirle "ya pasó, hijo, ya pasó". No seas ese chaval.
P.D. 2: Recuerda, la evaluación previa es obligatoria y se hace en diciembre. No lo dejes para última hora o te quedas fuera. |