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El otro día me tocó montar un mueble de IKEA. Una estantería minimalista que en la foto parecía una obra de arte y en la realidad es un puzzle infernal.
Soy un hombre de acción, así que me negué a mirar el manual.
—¿Para qué, joder? Son cuatro tablas y ocho tornillos. Esto es pura fuerza de voluntad —me dije, con la misma confianza ciega que tiene un gym bro antes de lesionarse.
Me pasé una hora martilleando, apretando y sudando. Conseguí ensamblar dos lados. El mueble parecía fuerte, robusto. Una puta fortaleza de conglomerado. Me senté a admirar mi obra, un poco torcida, pero firme.
Pero luego vino el gran momento. Tenía que encajar el último estante, y la cosa se puso fea.
Había que girar la estructura en un ángulo imposible para que el tornillo entrara en el agujero. Yo empujaba con fuerza. Intentaba forzar la tabla. La cogía por un lado, la doblaba por el otro. Sudaba. Maldecía a los diseñadores suecos.
El problema no era mi fuerza. Yo era más fuerte que esa puñetera tabla. El problema era la rigidez. La estantería, ya ensamblada a lo bruto, no tenía el margen de maniobra para hacer ese giro sutil que el diseño requería.
El software de mi cerebro (la teoría: encajar) no podía ejecutarse porque el hardware (el mueble) era demasiado rígido y limitado. Al final, desistí. Le di un golpe seco, el estante entró, pero se hizo una grieta en un lateral. Lo conseguí por la fuerza, pero con un coste que debilitó toda la estructura.
Y es la misma putada que con algunos deportes como el jiu-jitsu brasileño.
Muchos tíos son como mi estantería: tienen una fuerza impresionante y un software (la técnica) que es oro puro. Saben cómo pasar la guardia, saben cómo retener. Pero su hardware (su movilidad de cadera, de hombros, de columna) no les da el ángulo de entrada que necesita la técnica.
Quieren recuperar una guardia, pero su cadera es demasiado rígida para rotar y meterse en el espacio. Quieren hacer un pase, pero no pueden llevar la rodilla al ángulo necesario sin parecer un robot oxidado. Su cuerpo no es lo suficientemente móvil para adoptar la posición de dominio.
No es que les falte técnica, es que su falta de movilidad les quita la llave maestra de la posición.
La conclusión es esta: la fuerza te permite ganar una guerra. La movilidad te permite ganar sin pelear. Te da la fluidez para meter tu cuerpo en el ángulo perfecto, haciendo que la técnica sea fácil y eficiente. Deja de forzar el mueble.
Y si tú entrenas jiu-jitsu (o cualquier cosa que implique parecer un pretzel humano), o si simplemente quieres que tu cuerpo no sea un hardware defectuoso, el cabrón de Pablo te ha hecho el manual.
Pablo, que es un flipado del jiu-jitsu, ha sacado un vídeo nuevo donde te dice qué movilidad necesitas para no ser un mueble en el tatami. Te da los ejercicios concretos, tanto si tu juego es de pasador como si eres guardeiro. Es la guía para que tu cuerpo por fin ejecute la técnica que ya te sabes.
Míratelo. Es gratis, y te va a ahorrar más frustración que un montaje de IKEA.
[El manual para que tu cuerpo no sea una estantería rígida]
Yo voy a seguir con mis taladros de movilidad, pero al menos no tengo que volver a forzar un mueble sueco.
Felipe.
P.D.: El secreto para ser bueno no es solo tener el software, es tener el hardware que te permite instalarlo sin que se te rompa. Hazte un favor, pincha y deja de pelearte con tu cadera. |