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Ayer por la tarde, la que se lió en mi barrio no tiene nombre. Cayó una puta tromba de agua con granizo del tamaño de pelotas de golf. Un caos.
Estaba yo en el salón, mirando por la ventana, con el corazón en un puño. Mi coche, un viejo y humilde trasto de hace diez años, estaba aparcado en la calle. Un coche normal, sin chulerías.
Al lado, estaba el coche del vecino. Un Audi A7 flamante, de color negro piano, con ese brillo de "mírame y no me toques". Un puto lujo que parece que va a levitar en lugar de rodar. El tío se pasa la vida puliéndolo. Un coche fuerte, caro y visualmente imponente.
Y entonces, el granizo empezó a pegar. Fuerte. Como si Dios estuviera jugando a los bolos con piedras gigantes.
Mi coche, el trasto viejo, se llevó unos cuantos bollos, sí. Algún arañazo, como un veterano de guerra. Pero la carrocería aguantó. La chapa era fea, pero maleable. Absorbió el golpe, se dobló un poco, pero no cedió.
¿Y el Audi del vecino? Joder. El capó parecía la superficie de la luna. Estaba abollado, marcado y, lo peor de todo, la pintura ultrabrillante se había cuarteado en cada impacto. Era un desastre. La rigidez de la chapa de lujo, tan pulida y perfecta, había sido su condena.
Me quedé pensando: mi coche es robusto. Aguanta el golpe, se daña, pero sigue funcionando. El Audi de mi vecino era rígido y frágil. Parecía indestructible, pero su falta de capacidad para ceder o doblarse hizo que el daño fuera catastrófico. Su propia perfección lo había condenado.
La moraleja es una hostia con la mano abierta:
En la vida, y en el cuerpo, no queremos ser el Audi A7. No queremos ser rígidos y perfectos en un par de movimientos, porque la vida es el granizo. La vida es el bordillo inesperado, la caída tonta o el tener que hacer un movimiento que no estaba en tu hoja de cálculo.
El hombro que solo es fuerte para levantar peso en línea recta, es el capó pulido. Es rígido, es fuerte, pero en cuanto llega el golpe lateral (un mal gesto, un giro, un susto), se rompe.
Queremos ser el puto trasto viejo. Queremos ser antifrágiles.
La antifragilidad es justo eso: la capacidad de ser maleable ante el caos para no romperte. Es tener una articulación con tantos "ángulos de negociación" que el golpe se disipa sin dejar una cicatriz grave.
Y por eso, Hombros Antifrágiles no es un programa de fuerza. Es un programa de adaptabilidad. Es para que tu hombro, en lugar de ser un capó rígido que se abolla, sea una puta goma elástica que vuelve a su sitio.
Los Pablos te dan el vocabulario completo. Te enseñan a fortalecer la articulación en ángulos y posiciones que nunca has tocado, para que, cuando llegue el "granizo" de la vida real, tu hombro no entre en pánico.
Tienen los niveles de puta madre montados, desde el que está más abollado que el Audi de mi vecino hasta el que quiere ser un puto tanque todoterreno.
Si quieres dejar de tener un hombro de coche de lujo que se rompe con una tormenta y empezar a tener uno de trasto viejo que aguanta la guerra, es por aquí.
[TU ESCUDO ANTIGRANIZO]
No te estoy vendiendo un curso. Te estoy vendiendo un seguro contra el granizo inesperado. Tú verás si quieres seguir puliendo el capó para que se rompa más bonito, o si quieres ser un puto tanque.
Felipe.
P.D.: El vecino lleva todo el día paseando alrededor de su coche con cara de funeral. Yo me reí un rato. La vida es así. |