El otro día estaba en el parque, con la lengua fuera, intentando hacer un taladro que Los Pablos llaman "Hang-Scapular Rotations". Es básicamente colgarte de una barra y mover los hombros como si fueras un puto reptil intentando sacudirse el agua. Una tortura voluntaria, como siempre.

Estaba yo en el tercer set, con el sudor cayéndome por la frente y mis hombros en huelga, cuando lo vi.

Estaba ahí, a la sombra de un árbol, con su lino de colores neutros, quieto como una puta estatua. Es el gurú de la Tensegridad Somática o alguna otra chorrada mística. El tío tiene un aura de calma que te saca de quicio.

Me observó en silencio, sin gesticular. Después de mi última repetición fallida, se acercó, y me soltó una de sus perlas, con esa voz baja y resonante que te obliga a inclinarte:

—Felipe. Debemos entender que el hombro no es un mero balancín de poleas y palancas, como la bisagra de una puerta. Si solo lo entrenas en el carril recto del press banca, lo conviertes en un cristal: fuerte y bonito, sí, pero intrínsecamente frágil ante el primer empujón inesperado. La verdadera potencia es la antifragilidad; la capacidad de mejorar con el caos y la tensión.

Se quedó callado. Como si hubiese terminado de recitar un poema persa.

Mi cerebro, que en ese momento solo pensaba en ibuprofeno, hizo un esfuerzo sobrehumano para traducir ese puto galimatías.

Traducción para humanos: Que si solo entrenas para empujar en línea recta, estás fuerte en ese eje. Pero el día que te tropieces con una baldosa y tengas que parar la caída con el brazo en un ángulo raro, te lo vas a reventar. De nada sirve levantar mucho peso si eres un mueble de Ikea mal montado fuera de la estantería. Eres fuerte, pero eres quebradizo.

Y joder, me dolió admitirlo, pero tenía razón.

Ahí está la putada con el hombro. Es una articulación tan brutalmente móvil (es la que más se mueve del cuerpo), que si solo la fortaleces en un par de movimientos, es como tener un Ferrari en un chasis de Seat Seiscientos: potente en la recta, pero inútil en la curva. Un cristal.

La enseñanza, al final, es simple: la fuerza sin el vocabulario de la movilidad es un riesgo. La clave no es que sea fuerte, sino que sea adaptable. Que sepa decir "no" a la lesión cuando el mundo le dé un susto. Eso es ser antifrágil.

Y precisamente porque la poesía de Pai-Do Mei no te saca del apuro, y porque yo no tengo un máster en decodificar gurús, Los Pablos han creado el puto manual de instrucciones que traduce la antifragilidad a ejercicios concretos.

Te hablo del programa Hombros Antifrágiles.

No es un programa para que levantes más peso, es para que aprendas a confiar en tu hombro. Para que el día que hagas el cabra en el parque (o tropieces con el perro), tu hombro sepa lo que está haciendo.

La gracia es que ellos, que son unos enfermos del detalle, lo han dividido en varios niveles. No te meten la tortura máxima desde el día uno. Empiezas por el nivel que se adapta a tu "fragilidad actual" y vas subiendo cuando tu hombro demuestra que ya es un puto tanque.

Si tú también quieres que tus hombros dejen de ser un cristal y se conviertan en un puto muelle que aguanta lo que le echen, es por aquí.

[CAMBIA EL CRISTAL POR LA ANTIFRAGILIDAD]

No te estoy diciendo que lo compres. Te estoy diciendo que si lo que quieres es longevidad y no dar pena a los 80, necesitas este tipo de seguro de vida.

Felipe.

P.D.: Pai-Do Mei, después de soltar la perla, se fue a sentar al sol. El tío es un flipado, pero su concepto de la antifragilidad es la puta clave de la secta. Lo demás es sudor y agujetas.

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