Cuándo NO entrenar II

Hace un par de semanas tratamos el tema del estrés y su relación con las adaptaciones que se producen en el cuerpo. Hablamos sobre las diferentes respuestas que genera el estrés en el cuerpo, dependiendo de si es puntual o crónico y de la actitud que tomemos frente al mismo.

En este artículo ahondaremos un poco más en el tema y pondremos algunos ejemplos de cuándo NO entrenar,

Maneja el estrés a tu favor

Siendo consciente de la diferencia entre estrés crónico y puntual en la respuesta que generan en el cuerpo, podemos manipular tanto estos, como la forma en la que nos enfrentamos a ellos para obtener aquellas respuestas que deseemos. La exposición constante a diferentes estresores puntuales, seguidos de periodos de descanso, producirá una persona(lidad) fuerte, adaptable y resiliente (antifrágil); pero una exposición constante a estrés de menor intensidad, y sin ningún tipo de descanso, puede desembocar en la condición llamada estrés crónico, que acaba provocando insomnio, preocupaciones, infelicidad y depresión…

Así pues, entendemos que el entrenamiento no te hace más fuerte, la respuesta de tu cuerpo al entrenamiento es lo que te hace más fuerte. Hay que entender el entrenamiento como un mensaje que le mandamos al cuerpo.

Y, como hemos comentado anteriormente, es importante no solo el mensaje, sino la respuesta de nuestro cuerpo al mensaje. Por tanto, hay que controlar, no solamente el estresor, sino la respuesta de tu cuerpo, y para esto hay que tener en cuenta que la capacidad de regeneración de nuestro cuerpo es limitado. Hay, por tanto, que intentar equilibrar los diferentes niveles de estrés que tenemos en nuestra vida, estos pueden aparecer por diferentes canales: una relación tempestuosa, una mudanza, problemas personales con la familia, imposibilidad de acceder a una buena nutrición, imposibilidad de dormir bien, enfermedad, lesión, etcétera. Si nos encontramos en una situación en la cual estamos copados por el estrés, el entrenamiento quizá no solo no producirá una mejora, sino que nos despojará de energía, dejándonos más fatigados y prolongando la recuperación.

Así pues, hay situaciones en las cuales entrenar no es la mejor opción. Por ejemplo: todos nos hemos encontrado en la situación en la cual estás muy motivado, tus números suben como la espuma, te encuentras on fire, pero caes enfermo. En este caso todos nos hemos sentido tentados de tomarnos un paracetamol, o un ibuprofeno, y aprovechar aquellos momentos en los que estamos un poco más despejados para meter el entreno. Error. En esta situación nuestro cuerpo está luchando con  todos sus recursos contra virus, una inflamación, o cualquiera que sea la patología que sufrimos en ese momento. Estresarlo a nivel físico lo único que va a conseguir es mermar su capacidad de recuperación, alargar la enfermedad y hacer que el entrenamiento no sirva de nada. No es que nos produzca ganancias a costa de alargar un poco más el constipado, si no que no nos producirá ningún tipo de ganancias, porque nuestro cuerpo no realizará las adaptaciones necesarias debido a que está ocupado intentando sobrevivir. Lo que conseguiremos es alargar la enfermedad y dificultar la recuperación. Lo mismo se puede aplicar ante la presencia de una lesión o de ciertas temporadas de alto estrés debido a otros factores.

Lo más importante es escuchar a tu cuerpo y saber reconocer los mensajes que te manda. Debemos aprender a distinguir la pereza de la auténtica fatiga. Así como experimentar con cómo reaccionamos ante el entrenamiento bajo diferentes circunstancias. Por ejemplo, tras un día de trabajo mayoritariamente mental generalmente nos encontramos para el arrastre; sin embargo en este caso el entrenamiento suele ayudar a despejarnos y a reconectar con el cuerpo. Sin embargo, si llevas una semana de trabajo físico intenso, quizá tu falta de motivación para entrenar proviene del hecho de que tu cuerpo necesita descansar, y un entrenamiento no va a ser lo que más te ayude. O a lo mejor lo que te hace falta es empujarte un poco más allá de la fatiga para aumentar tu capacidad de trabajo.

De la misma manera que los ayunos nos enseñan a interpretar las señales de hambre de nuestro cuerpo correctamente, tenemos que aprehender a leer el nivel de estrés que estamos sufriendo, y qué nos conviene más.

En situaciones de alto estrés quizá conviene cambiar tu entrenamiento de fuerza por 5 minutos de meditación, un calentamiento suave, que te obligue a mover las articulaciones, y finalizar con otros 30 minutos de meditación. O a veces hay que realizar un entrenamiento de alta intensidad, tipo sprints, para “liberar” todas esas preocupaciones y poder dormir como un bebé.

Como se suele decir: “The devil is on the details”, por lo que no te voy a decir qué tienes que hacer en cada situación, eso lo tienes que aprender tú. A mi me gustaría, simplemente, abrirte la puerta a la posibilidad utilizar el saltarse algún entrenamiento como herramienta.

Conclusiones

Está bien ser diligente y no saltarse los entrenamientos, sin embargo, hay que entender que el entrenamiento es un estresor más, y lo que importa no es el entrenamiento, sino la respuesta nuestro cuerpo al entrenamiento. Dado que nuestra capacidad de recuperación es limitada, debemos tener en cuenta el nivel global de estrés a la hora de entrenar para no saturar a nuestro cuerpo. Hay veces que es necesario reducir la carga de trabajo, modificarlo o incluso parar de entrenar.

Recuerda, el entrenamiento es una carrera de fondo, y uno o dos entrenamientos más no te van a llevar a ningún sitio. Ahora bien, no lo conviertas en un hábito.

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